La humildad de corazón (I)


¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Haz mi corazón, semejante al tuyo.

Sólo una vez Jesús dijo expresamente: Aprended de mí y fue precisamente hablando de la humildad: “aprended que soy manso y humilde de corazón” (Mt. 11, 29). Porque sabía muy bien lo difícil que sería a nuestra orgullosa naturaleza el ejercicio de la humildad verdadera, parece como si Él hubiese querido darnos un impulso especial. Su ejemplo, sus inauditas humillaciones, que le han hecho “el oprobio de los hombres y el desprecio del pueblo” (Sal. 21, 7), que “le hicieron pecado por nosotros” (II Cor. 5, 21) y portador de todas nuestras iniquidades, hasta ser “contado entre malhechores” (Mc. 15, 28), son el ejemplo más estimulante y la más encendida invitación a la práctica de la humildad.

Jesús nos habla directamente de la humildad de corazón, porque para que una virtud, o la reforma de la vida sean sinceras, tienen que proceder siempre del corazón, de donde “provienen los pensamientos y las acciones” (Mt. 15, 19). Una actitud externa y el hablar humildes, son vanos sin la humildad de corazón, más aún, a veces son la máscara que oculta un orgullo refinado y por ende más peligroso. “Limpia primero por dentro... -decía Jesús condenando la hipocresía de los fariseos- y límpialo también luego por de fuera” (Mt. 23, 26). Y Santo Tomás dice que “de la humilde disposición interna brotan ciertas manifestaciones externas en las palabras, en las acciones y en los gestos que expresan lo que se oculta en el interior”.

Por eso, si quieres ser verdaderamente humilde, ejercita en primer lugar la humildad de corazón profundizando siempre más y más en el conocimiento sincero de tu nada, de tu poquedad. Aprende a reconocer abiertamente tus defectos, tus faltas, y no las atribuyas a otra causa que no sea tu miseria. Al mismo tiempo aprende a confesar que todo el bien que hay en ti es puro don de Dios, y jamás lo creas propiedad tuya.

¡Oh Jesús, dulce y humilde de corazón! Líbrame del orgullo, haz humilde mi corazón, infúndeme un poquito de tu profundísima humildad. Tú lo sabes mejor que yo, ¿cómo podré yo, con mi voluntad soberbia, hacer humilde mi corazón? Un pobre no puede darse riquezas, tampoco un soberbio puede dar humildad a su corazón. Solamente tu bondad infinita puede remediar la soberbia.

“Y el remedio es éste: fijar la mirada en ti; oh Verbo Encarnado, clavado en la Cruz; y cuando Tú ves a un alma que, humillada te mira fijamente, te sientes obligado a devolverle tu mirada y tu mirada es como el rayo del sol, que, cayendo sobre la tierra, la seca y la dispone para que fructifique. Así Tú, Verbo, con el rayo de tu mirada secas el alma, atrayendo hacia ti toda la soberbia que hay en ella para consumirla con tu calor. Nadie, pues, puede alcanzar la humildad si no fija la mirada en ti, oh Verbo en Cruz” (Santa M. Magdalena de Pazzis).

Fuente: P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina.

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25