Amigos de la Cruz (I)


Amigos de la Cruz, discípulos de un Dios Crucificado: el misterio de la Cruz es un misterio ignorado por los gentiles, rechazado por los judíos, menospreciado por los herejes y los malos cristianos. Pero es el gran misterio que tenéis que aprender en la práctica, en la escuela de Jesucristo. Solamente en su escuela lo podéis aprender. En vano rebuscareis en todas las academias de la antigüedad algún filósofo que lo haya enseñado. En vano consultareis la luz de los sentidos y de la razón. Solo Jesucristo puede enseñaros y haceros saborear ese misterio por su gracia triunfante.

Adiestraos, pues, en esta sobreeminente ciencia bajo la dirección de tan excelente maestro, y poseeréis todas las demás ciencias, ya que esta las encierra a todas en un grado eminente. Ella es nuestra filosofía natural y sobrenatural, nuestra teología divina y misteriosa, nuestra piedra filosofal, que -por la paciencia- cambia los metales más toscos en preciosos; los dolores más agudos, en delicias; la pobreza, en riqueza; las humillaciones más profundas, en gloria. Aquel de vosotros que sepa llevar mejor su cruz -aunque, por otra parte sea un analfabeto-, es más sabio que todos los demás.

Escuchad al gran San Pablo que, al bajar del tercer cielo -donde aprendió misterios escondidos a los mismos ángeles-, exclama que no sabe ni quiere saber nada fuera de Jesucristo Crucificado. Alégrate, pues, tú, pobre ignorante; tú, humilde mujer sin talento ni letras; si sabes sufrir con alegría, sabes más que un doctor de la Sorbona que no sepa sufrir como tú.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

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