Id a San José


San José es nuestro protector. Así lo siente la Iglesia. Su pensamiento dominante en el rezo litúrgico de este día, puede condensarse en estas palabras: El poder concedido antiguamente a José en Egipto es figura del poder sin límites concedido en el cielo al castísimo Esposo de María. Efectivamente, al rezar el Oficio de este día, cree uno estar oyendo al Señor, que dice a los hijos de su Iglesia lo que Faraón a los egipcios que acudían a él en demanda de auxilio: Id a José, pues en sus manos he puesto mi autoridad: él es el dispensador de mis gracias, y puede hacer por vosotros cuanto yo pudiera hacer por mí mismo. He aquí lo que la Iglesia repite entre cánticos; esta es la idea que quiere nos formemos del poder de San José.

Base y fundamento de este poder es la altísima dignidad que el mismo Dios le confirió. Tenía Dios en la tierra un doble tesoro, objeto de todas sus complacencias: Jesús, a quien llamaba su Hijo muy amado, y María, que, inspirada por el Espíritu Santo, había dicho de sí misma: El Señor me poseyó desde el principio de los siglos.

Y este doble tesoro, ¿a quién lo confió el Señor? ¿A los reyes y poderosos de la tierra? ¿A los ángeles del cielo? No; sino al humilde carpintero José. A él constituyó cabeza de su familia, dueño de su casa, príncipe de todo lo que más amaba. Sobre Jesús le dio los derechos de un padre sobre su hijo, y sobre María los derechos todos de un esposo sobre su esposa. Jamás estos derechos fueron más religiosamente respetados, pues nunca hubo hijo más obediente, ni esposa más sumisa.

¿Es concebible siquiera que estos títulos tan gloriosos de San José, a los que va unido un poder tan grande en la tierra, sean títulos vanos ahora que está en el cielo? Pensar que ya no tenga para con Jesús, que le llamó padre, ni para con María, cuyo esposo verdadero fue, más influjo y valimiento que el que resulta de una santidad eminente, ¿no equivaldría a admitir que al entrar en la mansión de la gloria ha perdido las más hermosas flores de su corona, y que para él ha sido una especie de desgracia lo que para todos es la más grande recompensa?

En esta consideración se apoya el sentimiento y la idea que atribuye a San José el poder de intercesor sin límites. De suerte que, si ha habido santos y sabios doctores que no han dudado en afirmar que María es la omnipotencia suplicante, que obtiene de Dios todo cuanto pide, tampoco han faltado quienes, al hablar de San José, han dicho, con San Bernardino de Sena, que los ruegos de tal esposo y de tal padre son órdenes para su Esposa y para su Hijo; que Dios, lejos de haberle despojado de los privilegios que hicieron la felicidad de su destierro, a pesar de tan penosas pruebas, los ha completado y consumado en su vida gloriosa. De él nos dice Santo Tomás: A algunos santos hales dado Dios gracia especial en determinadas necesidades. A San José le ha sido dado socorrer en todas, defender a cuantos a él acuden confiados, ayudarles y favorecerles con paternal solicitud.

He aquí por qué nos invita la Iglesia en este día a dirigimos a él con la confianza con que los egipcios se dirigían al primero, diciéndole: En tus manos está nuestra salvación: míranos tan sólo, y alegres serviremos al Rey. Hagámonos acreedores a su salvadora mirada.

Fuente: Cf. P. Saturnino Osés, S.J., Horas de luz

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