Misericordia de Jesucristo con los pecadores


Jesucristo nos ha revelado de manera maravillosa la misericordia divina: y ha querido ilustrar estas enseñanzas y subrayar su doctrina por medio de actos de bondad que nos maravillan y nos conmueven profundamente.

Veámosle esperando de la Samaritana y conversando con ella. Llegaba a Sicar en la hora señalada por su padre, para salvar a un alma predestinada desde toda la eternidad.

¿De qué alma se trataba? De la de una pobre pecadora, cuyos desórdenes, cuya miseria, conocía perfectamente; a ella, por preferencia sobre tantas otras, va a manifestarse.

Ni bien ha visto brotar en ella, en medio de tanta corrupción, una chispa de buena voluntad, está dispuesto a concederle toda suerte de gracias; porque ni bien ve en alguien sinceridad en la búsqueda de la verdad, le hace don de la luz, y muestra una satisfacción inmensa en recompensar este deseo del bien, y de la justicia.

Por eso va a ser a esa alma una doble revelación. Le enseña que “ha llegado la hora en la que los verdaderos adoradores han de adorar al Padre en espíritu y verdad, adoradores que el Padre busca”. Se manifiesta a ella como “Mesías enviado por Dios”, revelación que a nadie aún había hecho, ni siquiera a sus discípulos.

¿No es realmente algo admirable el que hayan sido hechas estas dos revelaciones en primer lugar a una miserable criatura, víctima del pecado, que no podía ostentar más título que su necesidad de salud y un poco de buena voluntad?...

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 99

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