Multiplicación de los panes y los peces


Contempla el maravilloso banquete que la bondad de Jesús da a la infinita muchedumbre, que come hasta saciarse sentada en el humilde césped; y pide al Señor fe y confianza en su providencia.

Considera la devoción y confianza de esta muchedumbre de gente, que sigue a Jesús tres días de camino en el desierto, sin pensar ni de qué se ha de alimentar, ni adónde ha de hospedarse. No se queja de las fatigas del viaje; se siente como enajenada escuchando las palabras de vida eterna de Jesús y encontrándose en su compañía. Le sigue como un rebaño de ovejas a su pastor. ¡Mira qué pocos son los que hoy siguen a Jesús en el desierto! ¡Qué pocos los que de Él se fían y se abandonan a su providencia!

Jesús tiene compasión de aquella pobre gente que estaba en ayunas y que le seguía hacía ya tres días. Si les mando ayunos a sus casas, desfallecerán en el camino. ¡Qué tierno y compasivo es el Corazón de Jesús! Cuenta los días, y aun los momentos de nuestros sufrimientos, y no deja de socorrernos cuando nos conviene. Cuando todo parece desesperado, entonces más bien debemos esperar de Él, porque en tales ocasiones es cuando Jesús suele obrar prodigios en favor nuestro. Si no tienes consuelo alguno de Dios, es, sin duda, porque buscas demasiado los consuelos de la tierra. Si Jesús no hace por ti ningún milagro, es señal de que no esperas en Él. Tengo compasión, dice, de esta pobre gente, porque hace tres días que están conmigo y no tienen qué comer. Es decir, que se ponen en manos de mi providencia y descansan sobre mi vigilancia. Descansa tú en la providencia de Dios, y ésta jamás te faltará. ¡Qué pocos son los cristianos que tienen fe viva y práctica en la providencia de Dios! Toda la confianza la ponen en sus bienes, en su talento, en su prudencia y en su industria; pero jamás en la bondad de Dios. Cuentan con el favor de los amigos, de su crédito y de sus facultades; pero no con el de Jesucristo, como si no conociera sus miserias y no pudiera, o no quisiera remediarlas. ¿Por qué no te abandonas a la providencia divina? ¿Por qué desconfías de su sabiduría, de su poder y de su bondad?

¡Oh Dios omnipotente! ¿Quién soy yo y quién sois Vos? Vos sois el Ser por esencia, y yo soy la nada; Vos sois la misma fortaleza, y yo la debilidad; Vos la luz, y yo todo tinieblas; Vos, finalmente, sois la misma santidad, y yo la malicia. Dios mío, esperanza mía, yo me abandono enteramente en vuestras manos, y en Vos sólo confío.

Fuente: Cf. V.P. Luis de la Puente, Meditaciones espirituales.

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