El valor de la obediencia


¡Oh Jesús obedientísimo! Hazme comprender el valor de la obediencia.

“Más quiere Dios en ti -dice San Juan de la Cruz- el menor grado de obediencia y sujeción que todos esos servicios que le piensas hacer”. ¿Por qué? Porque la obediencia te obliga a renunciar a tu voluntad para unirte a la de Dios, manifestada en los preceptos de los superiores, y precisamente en la completa conformidad de tu voluntad con la voluntad divina consiste la perfección de la caridad, consiste la esencia de la unión con Dios. Tu caridad será perfecta cuando en toda acción que ejecutes te regules según la voluntad de Dios, con la cual debes conformar la tuya, y no según tus inclinaciones y deseos personales. Esto es propiamente vivir en estado de unión con Dios, pues el alma “que totalmente tiene su voluntad conforme y semejante a la de Dios totalmente, está unida y transformada en Dios sobrenaturalmente”.

La voluntad de Dios se te manifiesta en sus preceptos, en los preceptos de la Iglesia, en las obligaciones de tu estado; al margen de esto, tu propia elección encontrará un campo anchísimo de acción, donde a veces no será tan fácil el conocer con certeza qué es lo que Dios quiere de ti. Por el contrario, a través de la voz de la obediencia, la voluntad de Dios toma una forma clara y precisa y se explicita abiertamente, sin peligro alguno de equivocación. Si como enseña San Pablo “no hay autoridad sino por Dios”, obedeciendo a tus legítimos superiores tienes la seguridad de obedecer a Dios. Cuando Jesús confió a sus apóstoles la misión de anunciar el Evangelio a todas las gentes, dijo: “El que a vosotros oye, a Mí me oye, y el que a vosotros desecha a Mí me desecha”, lo cual quiere decir que los superiores eclesiásticos son sus representantes y hablan en su nombre. Santo Tomás enseña que en toda autoridad legítima, aunque sea de orden natural, civil o social, existe una expresión clara de la voluntad divina, siempre que en sus preceptos guarde los justos límites de su poder. Por esto San Pablo no duda en escribir: “Siervos, obedeced a vuestros amos según la carne como a Cristo... como siervos que cumplen de corazón la voluntad de Dios”.

“¡Oh, qué dulce y gloriosa es esta virtud de la obediencia que reúne en sí todas las demás virtudes! Porque ella nace de la caridad, en ella se apoya la piedra de la fe santísima; es la reina, y quien la tome por esposa no siente ningún mal, sino paz y descanso. Las ondas tempestuosas del mal no pueden hundirla, porque navega sobre tu voluntad, Dios mío. Ningún deseo suyo puede dejar de ser satisfecho, porque la obediencia solamente te desea a ti, oh Señor, que puedes, sabes y quieres realizar sus deseos. ¡Oh obediencia, que navegas mansamente y sin peligro llegas al puerto de salud! ¡Oh Jesús! Yo veo a la obediencia hecha una cosa contigo, y contigo la contemplo sobre la navecilla de tu Cruz santísima. Dame, pues, Señor, esta santa obediencia, perfumada por la humildad, recta, sin curva alguna, que es portadora de la luz de la gracia divina. Regálame, Señor, esta piedra preciosa, escondida y pisoteada por el mundo, que se humilla, sometiéndose por tu amor a las criaturas” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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