El martirio de María Santísima al pie de la Cruz


Nosotros, hijos adoptivos de la más afligida de las Madres, consideremos, llenos de compasión y devoción filial, a esta dulce Mediadora de nuestra salvación, sufriendo mil torturas por cada llaga y dolor de su Hijo adorable. Ella oyó las blasfemias que le dirigieron y presenció los escarnios de que fue objeto, y cada uno de aquellos insultos, cada una de aquellas burlas atravesaban como puñales agudos su corazón de madre. El mismo Jesús se quejó de la sed ardiente que le devoraba, y María no pudo aliviarle.

“Yo contemplaba -dijo la Virgen a Santa Brígida- el doloroso espectáculo de Jesús agonizante: sus ojos hundidos, entre abiertos, apagados; anhelante la boca, las mejillas caídas; el rostro pálido y la cabeza pendiendo sobre el pecho; todo el cuerpo hecho una sangrienta llaga”. ¡Qué dolor hubo de sentir esta Madre, la más tierna de las madres! “Fue tan grande este dolor -dice San Bernardino de Siena-, que, repartido entre todos los hombres, hubiese bastado para causarles la muerte instantáneamente”.

Y ¿qué hacía esta Purísima Virgen en medio de semejantes angustias? San Juan nos la hace contemplar en pie, junto a la cruz, soportando, a la par que su divino Hijo, el peso inmenso de nuestros pecados y los golpes abrumadores de la Justicia de Dios. Ella, lo mismo que Jesús, preveía la inutilidad de tan acerbos dolores, que había de desaprovechar gran número de las almas, y esta mirada hacia lo por venir pesaba como losa sobre su corazón de Madre. Por eso, y para ayudarnos con más eficacia, María se acercó la cruz en lugar de permanecer alejada de ella. Bien distinta de aquellos que se horrorizan de las penas, la Virgen estima el dolor como el más precioso tesoro y quiere a este precio merecer aún más por nosotros.

¡Oh!, si conociéramos, como ella, el misterio de la cruz, en vez de quejarnos cuando nos prueba el dolor, nos sentiríamos felices al cruzarse las penas en nuestro camino, humillando nuestro orgullo, arrancándonos de raíz los defectos, amortiguando las pasiones, doblegándonos la voluntad, haciéndola más flexible y dócil a la gracia.

Jesús y María, modelos perfectos de resignación y amor a la cruz, haced que me acostumbre a pensar en vuestros dolores, cuando me embargue la tristeza, tan contraria a mi progreso espiritual. Os pido de todo corazón que, cuando llegue para mí la hora de la prueba, me conservéis siempre la paz interior, aún en los trances más angustiosos de la vida.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 296-298

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