Que la Pasión de Cristo no sea estéril en nosotros


¡Oh Jesús! Quiero acompañarte hoy en tu triunfo, para seguirte después hasta el Calvario.

La Semana Santa se abre con la entrada triunfal de Jesús en Jerusalén, acaecida el domingo que precede a su Pasión. Jesús permite que le lleven en triunfo, pero ¡qué humilde y manso aparece en medio de la gloria! Sabe muy bien que entre el pueblo, que grita hosannas, se esconden los enemigos, los que con insidias y mentiras, conseguirán convertir aquellos hosannas en “¡crucifícalo!”; lo sabe, y podría dominarlos con la fuerza de su divinidad, podría desenmascararlos públicamente y destruir todos sus planes, pero Jesús no quiere vencer ni reinar por la fuerza, sino por el amor, por la dulzura. Con mucha oportunidad dice el evangelista: “Decid a la hija de Sión: He aquí que tu Rey viene a ti manso y montado sobre un asno”. Con esta misma mansedumbre aceptará Él, que es el Inocente, el único verdadero Rey y Vencedor, presentarse al pueblo como un reo, condenado y vencido, como un rey de escarnio. Pero es precisamente así como atraerá todas las cosas hacia sí cuando sea levantado sobre la Cruz.

Mientras el cortejo prosigue triunfalmente, Jesús ve dibujarse a sus pies el panorama de Jerusalén. Y así que estuvo cerca, al ver la ciudad, lloró sobre ella, diciendo: “¡Si al menos en este día conocieras lo que hace a la paz tuya!... Tus enemigos... no dejarán en ti piedra sobre piedra; por no haber conocido el tiempo de tu visitación”. Jesús llora la obstinación de Jerusalén, la ciudad santa, que por no haberle reconocido como Mesías, y por no haber aceptado su Evangelio, será destruida hasta en sus cimientos. Jesús es al mismo tiempo verdadero Dios y verdadero hombre, y como hombre se conmueve y sufre por la triste suerte que Jerusalén se ha echado sobre sí, resistiendo obstinadamente a la gracia. Él ya se dirige a su Pasión, y morirá también por la salvación de Jerusalén, pero Jerusalén no se salvará, porque no ha querido, “porque no ha conocido el tiempo de su visitación”. He aquí la historia de tantas almas que resisten a la gracia; he aquí la causa del sufrimiento más profundo y más íntimo del Corazón dulcísimo de Jesús. Al menos tú, alma devota, alegra al Señor aprovechándote plenamente de los méritos de su dolorosísima Pasión, de toda la Sangre que Jesús derramó. Cuando resistes a las invitaciones de la gracia resistes a la Pasión de Jesús e impides que te sea aplicada en toda su plenitud.

¡Oh Jesús! ¡Qué amargamente lloras sobre la ciudad que no quiere reconocerte! ¡Cuántas almas, como Jerusalén, se pierden por resistir obstinadamente a la gracia! Por todas ellas te pido misericordia con todas mis fuerzas. “Aquí, Dios mío, se ha de mostrar vuestro poder, aquí vuestra misericordia. ¡Oh, qué recia cosa os pido, verdadero Dios mío!, que queráis a quien no os quiere, que abráis a quien no os llama, que deis salud a quien gusta de estar enfermo y anda procurando la enfermedad. Vos decís, ¡Señor mío!, que venís a buscar los pecadores; éstos, Señor, son los verdaderos pecadores. No miréis nuestra ceguedad, mi Dios, sino a la mucha sangre que derramó vuestro Hijo por nosotros. Resplandezca vuestra misericordia en tan crecida maldad; mirad, Señor, que somos hechura vuestra. Válganos vuestra bondad y misericordia” (S. Teresa de Jesús).

¡Oh Jesús! Aunque nos obstinemos en resistir a la gracia, siempre será verdad que Tú eres el Vencedor, que tu victoria sobre el príncipe de la muerte ha sido completa y que Tú has salvado y redimido a la Humanidad. Tú eres también el buen Pastor que conoce una por una todas las ovejas y a todas quiere salvarlas. Tu Corazón amantísimo no se siente satisfecho con haber merecido la salvación de todo el rebaño, desea ardientemente que cada oveja en particular se aproveche de esta salvación... ¡Oh Señor! Dispón nuestra voluntad para que acepte devotamente tu don, tu gracia, haz que tu Pasión no sea estéril para nosotros.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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