Cristo Redentor, solidario de la humanidad


Sustituirse voluntariamente a nosotros como víctima sin Mancilla para pagar nuestra deuda, y devolvernos, por su expiación y sus satisfacciones, la vida divina: tal fue la misión que debía realizar Cristo; el camino que le era preciso recorrer. “Dios cargó sobre Él”, hombre como nosotros, de la raza de Adán, justo sin embargo, inocente y sin pecado, “la iniquidad de todos nosotros”.

Por haberse hecho, por así decirlo, solidario de nuestra naturaleza y de nuestro pecado, Cristo ha merecido hacernos solidarios de su justicia y de su santidad. Dios, según la expresión tan enérgica de San Pablo, “al enviar por el pecado a su propio Hijo, en una carne semejante a la del pecado, condenó en la carne al pecado”. Y añade con una energía aún más acentuada: “Dios ha hecho por nosotros pecado a ese Cristo que no conocía el pecado”. ¡Qué vigor en esta expresión: lo hizo pecado! No dice el Apóstol: pecador, sino: pecado.

Cristo por su parte ha aceptado cargar sobre sus espaldas divinas con todos nuestros pecados hasta el punto de que se ha convertido, en cierto modo, sobre la cruz, en un pecado vivo, en el pecado universal. Se ha puesto voluntariamente en nuestro lugar, y por esta razón será condenado a muerte: “nuestro rescate será pagado con su sangre”. La humanidad quedará rescatada “no por cosas perecederas, oro o plata, sino por una sangre preciosa, la del Cordero sin mancha y sin defecto, que ha sido designado desde antes de la creación del mundo”.

¡Oh! No lo olvidemos: “hemos sido rescatados a gran precio...”

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 118

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