Frutos abundantes de la victoria del Señor


Jesús, no teniendo en sí nada de común con la muerte, al triunfar de ella lo hizo en provecho nuestro. El Señor quiso hacérnosla dulce al convertirla en puerta de entrada para una vida infinitamente mejor que la terrena.

Antes de la venida de nuestro Redentor era muy duro abandonar este mundo aún para los justos, porque era sabido que el cielo permanecía cerrado para todos. Con su muerte, dice el Apóstol, Cristo desató a aquellos que el temor tenía sujetos durante toda su vida.

¡Oh! y de qué manera tan admirable la Confesión, la Eucaristía, la Extremaunción y las indulgencias, frutos preciosos de la muerte del Salvador, contribuyen a endulzar nuestras últimas horas. “¡Oh muerte! -exclamaba San Francisco de Asís-, ¿quién pudo decir jamás que eras amarga?”

El Salvador, en efecto, bebió Él primero del cáliz que nos asustaba, presentándonoslo a todos para que bebiésemos a nuestra vez. Pero ¡cuanto más dulce es nuestra muerte que la suya! Sobre la Cruz en que agonizaba no hallaba ningún reposo: el mar tempestuoso de la cólera divina parecía anegarle por completo, y expiró de dolor y colmado de oprobios por sus propias criaturas. Este espectáculo es capaz por sí solo de dulcificar la amargura de las postreras angustias y de consolarnos en la hora de la muerte. Acostumbrémonos a meditar en Jesús crucificado, para que, al llegar el momento final de nuestra vida, el crucifijo que entonces contemplarán nuestros ojos nos anime y dé la paz con la esperanza de la salvación.

Recordemos, sin embargo, que si la muerte perdió su amargura fue por la victoria que Jesús logró sobre el pecado, y que para participar de los frutos de esta victoria habremos de triunfar también nosotros del pecado y de las inclinaciones que lo llevan. Reprimamos, pues, el orgullo que nos induce a resistir a la autoridad legítima y nos impulsa a la desobediencia; reprimamos la sensualidad, que sólo se complace en halagar los sentidos, y que, a pesar de los remordimientos de conciencia, nos incita a los placeres; reprimamos la culpable avaricia, que nos apega a los bienes caducos y perecederos, y de los que no se sacia, y, en cambio, no se preocupa de buscar las riquezas eternas y verdaderas.

¡Oh Dios mío! Dame fuerza para triunfar en mí de las tres concupiscencias, vencidas por Jesús y María en el Calvario. Para lograr esto te ruego me ayudes: a aficionarme a todo lo que me rebaje a los ojos de las criaturas, a amoldarme a todo cuanto contraríe mis sentidos y mortifique mi amor propio, a no preocuparme de buscar bienestar, comodidad, salud y satisfacciones, al recuerdo de que Jesús y María vivieron en este destierro privados hasta de lo necesario.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 330-332

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