La participación en los sufrimientos de Cristo, condición para nuestra gloria eterna


Nuestros sufrimientos, nuestras expiaciones, los esfuerzos que hacemos por practicar el bien, luego de haber restablecido el orden en este mundo, para permitir que crezca y aumente en nosotros la vida de Cristo, aseguran a nuestra alma una parte de la gloria celestial.

Recordemos la conversación que tenían los dos discípulos que iban a Emaús al día siguiente de la Pasión.

Desconcertados por la muerte del Maestro, muerte que echaba por tierra todas las esperanzas que habían ellos colocado en un reino mesiánico, sin saber aún que Jesús había resucitado, van comunicándose mutuamente su profunda decepción.

Cristo se une a ellos con figura extraña, y les pregunta por el tema de su conversación. Y tras de haber escuchado la expresión de su descorazonamiento, sperabamus, “nosotros esperábamos...”, les reprocha inmediatamente: “Oh hombres sin inteligencia, tardos de corazón... ¿acaso no era necesario que Cristo sufriera todas estas cosas antes de entrar en su gloria?”.

Lo mismo nos acontece a nosotros; es preciso que tomemos parte en los sufrimientos de Cristo para que podamos luego participar de su gloria.

Esta gloria, esta bienaventuranza, han de ser inmensas. “Como hijos que somos de Dios, escribe San Pablo, somos herederos, coherederos junto con Cristo, con tal que suframos con Él para ser luego glorificados juntamente con Él”. Y añade: “creo yo en efecto que no guardan proporción los sufrimientos de esta vida con la gloria futura que ha de manifestarse en nosotros”.

De ahí que sea preciso que “nos regocijemos en la medida en que participamos de los sufrimientos de Cristo, ya que cuando se manifieste, en el último día, la gloria de Cristo, rebosaremos también nosotros de contento”.

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 125

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