Buscar en todo únicamente a Dios


¡Oh Señor! ¡Que siempre te busque y únicamente a ti solo, y que, buscándote, te encuentre!

Las Misas de la semana de Pascua nos van recordando en sus Evangelios las diversas apariciones de Cristo resucitado. La primera y una de las más conmovedoras es en la que Jesús se manifestó a María Magdalena. En este episodio María se nos presenta de nuevo con su inconfundible carácter de alma completamente arrebatada por el amor de Dios. Llega al sepulcro, y apenas ve “la piedra quitada del monumento”, un solo pensamiento la obsesiona: “Han quitado al Señor del sepulcro”: ¿quién habrá sido?, ¿dónde le habrán puesto? Y va preguntando a todos los que encuentra, creyéndolos a todos dominados por la misma idea, por esa misma ansia en que ella se abrasa: les pregunta a Pedro y a Juan, a quienes ha venido a avisar, a los ángeles, al mismo Jesús. Las otras mujeres, apenas advierten que está el sepulcro abierto, entran en él para ver lo que ha pasado; ella corre a toda prisa para comunicar la noticia a los Apóstoles. Y después vuelve: ¿qué va a hacer allí junto a la tumba vacía? No lo sabe, pero su amor la arrastra hacia el sepulcro y la ata al lugar donde había sido colocado el cuerpo del Maestro, aquel Cuerpo que ella quiere encontrar de nuevo a toda costa.

Ve a los ángeles, pero no se maravilla ni se turba como las otras mujeres: el dolor absorbe su alma haciendo imposible cualquier otra emoción. Y cuando los ángeles le preguntan: ¿Por qué lloras, mujer?, ella responde inmediatamente: “Porque han tomado a mi Señor y no sé dónde le han puesto”. Poco después Jesús le hace la misma pregunta, y María, absorta y ensimismada en sus pensamientos, no le reconoce, y “creyendo que era el hortelano”, le dice: “Señor si lo has llevado tú, dime dónde le has puesto, y yo lo tomaré”. La obsesión por hallar de nuevo a Jesús domina de tal manera todo su ser que ni siquiera siente la necesidad de nombrarle: cree que todos piensan en su Jesús y que entenderán al vuelo su petición, como si todos estuviesen poseídos por el mismo estado de ánimo en que vive ella.

Cuando el amor y el deseo de Dios se han apoderado totalmente de un alma, hacen imposible que surjan en ella otros amores, otros deseos o preocupaciones. Todos sus movimientos están orientados hacia Dios, y el alma no hace más que buscar en todo únicamente a Dios.

“¡Oh Señor mío Jesucristo, qué cosa tan buena y feliz, tan sabrosa es sentir la violencia de tu amor! Abrasa cada día mi pecho con los rayos de tu santo amor, disipa las tinieblas de mi mente, ilumina los secretos del corazón, robustece mi voluntad, enciéndela, y alegra y fortalece mi alma. ¡Oh cuán dulce es tu misericordia, cuán grande es la suavidad de tu amor de ese amor que das con abundancia, Señor mío Jesucristo, y cuya suavidad gozan sólo aquellos que no aman ni quieren pensar en otra cosa fuera de Ti! ¡Tú te has anticipado a nosotros en el amor; para eso ahora nos invitas, nos atraes y nos arrebatas; tan grande es la violencia de tu amor! Ciertamente nada hay que invite, atraiga e impulse tanto a amar como el anticiparse en el amor, como amar antes de pedir amor, entonces el alma, que antes se arrastraba lánguida y perezosa, al sentirse amada, recibe una fuerza especial, y si, por el contrario, ya amaba fervorosamente, al tener conciencia ahora de ser amada y de haber sido amada antes que ella amase, se enciende mucho más en el amor”.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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