¡Señor mío y Dios mío!


“Tomás, uno de los Doce, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Le dijeron los demás discípulos: ¡Hemos visto al Señor! Respondió él: Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré.

Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: ¡La paz esté con vosotros!

Luego dijo a Tomás: Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe. Tomás respondió: ¡Señor mío y Dios mío!” (Jn 20, 24ss).

Tomás, hondamente conmovido por lo que veía y oía, y vencido de la gran bondad del Señor, se echó a sus pies, diciendo: ¡Señor mío y Dios mío!

¡Cuánto se encierra en estas pocas palabras! Fe, humildad, reverencia, amor, arrepentimiento, acción de gracias, total entrega de sí mismo para cuanto el Señor quisiese mandarle.

Es un acto de fe por el que ve en el Señor, no sólo al amado Maestro, sino a su Dios y Señor. Abierta y solemnemente confiesa su fe, no sólo en la Humanidad de Cristo, sino en su Divinidad también.

Es una retractación de la falta cometida y una reparación del escándalo dado a sus hermanos. Es reconocer la gracia inmensa que ha recibido y la seguridad que tiene del perdón, y la expresión más explícita de su íntima gratitud y ardiente amor.

¡Señor mío y Dios mío! Todo está encerrado en estas palabras. Fue como decir al Señor: ¡Cómo pude yo estar tan ciego! ¡Cómo pude obrar con tanta obstinación! ¡Perdóname, Señor! En adelante quiero ser todo tuyo y reparar mi pecado con una fe doblemente fervorosa y activa.

Graba en tu alma el sentido de estas palabras y repítelas con frecuencia. Son un compendio de aquellas otras de San Ignacio: “Tomad, Señor, y recibid toda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad, todo mi haber y mi poseer; Vos me lo disteis, a Vos, Señor, lo torno; todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad; dadme vuestro amor y gracia, que ésta me basta”. Y a la vez es un acto de contrición perfecta.

Fuente: P. Saturnino Osés, S. J., Horas de Luz, p. 226-227

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