La Acedia (I)


De la Acedia no se suele hablar. No se la enumera habitualmente en la lista de los pecados capitales. Algunos Padres del desierto, en vez de hablar de pecados o vicios capitales, hablan de pensamientos. Por ejemplo, Evagrio Póntico, enumera ocho pensamientos. Con este nombre, estos padres de la espiritualidad ponen de relieve que estos vicios, en su origen, son tentaciones, o sea pensamientos; y que si no se los resiste, acaban convirtiéndose en modos de pensar y de vivir. Cuando se acepta el pensamiento tentador, uno termina viviendo como piensa y justificando su manera de vivir. Difícilmente se encontrará su nombre fuera de los manuales o de algunos diccionarios de moral o de espiritualidad. Muchos son los fieles, religiosos y catequistas incluidos, que nunca o rarísima vez la oyeron nombrar y pocos sabrán ni podrán explicar en qué consista.

Sin embargo, como veremos, la acedia sí que existe y anda por ahí, aunque pocos sepan cómo se llama. Se la puede encontrar en todas sus formas: en forma de tentación, de pecado actual, de hábito extendido como una epidemia, y hasta en forma de cultura con comportamientos y teorías propias que se trasmiten por imitación o desde sus cátedras, populares o académicas. Si bien se mira, puede describirse una verdadera y propia civilización de la acedia.

La acedia existe pues en forma de semilla, de almácigo y de montes. Crece y prospera con tanta mayor impunidad cuanto que, a fuerza de haber dejado de verla se ha dejado de saberla nombrar, señalar y reconocer. Parece conveniente, pues, ocuparse de ella. En este primer capítulo comenzaremos con las definiciones que se han dado de ella. Si al lector este camino le resulta difícil o árido, le aconsejamos empezar por el capítulo cuarto y seguir luego con el segundo, tercero, y los demás.

Fuente: Horacio Bojorge, S. J., En mi sed me dieron vinagre, pto. 1.

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