Triunfo de Cristo por la cruz, y de sus discípulos por la fe


Al fin de su vida, decía Nuestro Señor Jesucristo a sus discípulos: “Tened confianza, que Yo he vencido al mundo”.

¿Y cómo lo ha vencido? ¿Por el éxito temporal, inmediato, de sus empresas? ¿Por ventajas humanas, capaces de imponerse, de dominar?

De ninguna manera. Cristo ha sido puesto en ridículo, crucificado. A los ojos de los “sabios” de su tiempo, la misión de Cristo había fracasado de la manera más lamentable sobre la cruz. Sus discípulos se han dispersado, la muchedumbre menea la cabeza, los fariseos se mofan: “Ha salvado a los demás, y no puede salvarse a sí mismo...”

Y sin embargo el fracaso no era más que aparente; de hecho en ese preciso momento consigue Cristo la victoria; a los ojos del mundo, desde un punto de vista natural, Cristo era un vencido; pero a los ojos de Dios, era, en ese preciso momento, vencedor del príncipe de las tinieblas y vencedor del mundo.

Y desde entonces, Jesucristo “ha quedado establecido rey de las naciones por su Padre”; “no existe en el mundo otro nombre que sea para nosotros causa de salvación y de gracia”, y “sus enemigos servirán de escabel de sus pies”.

Jesús concede a sus discípulos ese poder de vencer al mundo.

¿Qué les permite y les hace capaces de conseguir semejante victoria?

La fe en Jesucristo: “¿Quién triunfa del mundo, sino quien cree que Cristo es el Hijo de Dios?”.

¡Feliz victoria que nos libera de una de las más duras servidumbres, para darnos la libertad de los hijos de Dios, a fin de que de esta manera podamos unirnos del modo más perfecto al único que es digno de nuestro amor!

Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida, Ed. Desclée de Brouwer, 1956, p. 136

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