«Conozco mis ovejas y ellas me conocen»


Jesús añade: “Yo conozco mis ovejas y ellas me conocen, como me conoce mi Padre y Yo conozco a mi Padre” (Jn. 10, 11-16). Aunque no se trate de igualdad, sino de simple semejanza, es sin embargo muy consolador y honroso para nosotros ver cómo gusta Jesús de comparar sus relaciones con nosotros a sus relaciones con el Padre. También en la última Cena dijo: “Como me amó el Padre, también Yo os amé” y “que todos sean uno; como Tú, Padre, en mí y yo en ti, para que sean uno como nosotros somos uno”. Esto nos demuestra cómo entre nosotros -las ovejas- y Jesús -el Pastor- no existe solamente una relación de conocimiento, sino también de amor y más todavía, de comunión de vida, semejante a la que existe entre el Padre y el Hijo. Y a estos contactos con Dios, tan profundos que nos hacen participar de su vida íntima, llegamos mediante la gracia, la fe y la caridad que el Buen Pastor nos conquistó dando su vida por nosotros.

De este modo se entabla entre el Buen Pastor y sus ovejas una relación íntima de conocimiento amoroso, tan íntima que el Pastor conoce una a una sus ovejas y las llama por su nombre, y ellas conocen su voz y le siguen dócilmente. Cada alma puede afirmar: Jesús me conoce y me ama, no de modo genérico y abstracto, sino en lo concreto de mis necesidades, de mis deseos, de mi vida; y conocerme y amarme significa para Él hacerme bueno, envolverme cada vez más con su gracia, santificarme. Porque Jesús me ama, me llama por mi nombre; me llama cuando en la oración me abre nuevos horizontes de vida espiritual o me hace conocer mejor mis defectos, mis miserias; me llama cuando, me reprende o purifica mediante la sequedad y cuando me consuela y anima, infundiéndome nuevo fervor; me llama cuando me hace sentir el apremio de mayor generosidad, cuando me pide sacrificios o me concede alegrías, y todavía más, cuando me infunde un amor más profundo a Él. De frente a sus llamadas, mi postura debe ser la de una ovejita mansa que conoce la voz de su Pastor y le sigue siempre.

“¡Oh benignísimo Señor; mi dulce Pastor! ¿Cómo restituiré todo lo que me diste? ¿Qué te daré por el don de ti mismo que me hiciste? Aunque me diese mil veces a ti, todo sería nada, pues nada soy comparado contigo. ¡Tú tan grande, me amaste gratuitamente y tanto, a mí tan pequeño, malo e ingrato! Señor, sé que tu amor aspira a lo infinito e inmenso pues Tú eres inmenso e infinito. Por eso, dime, ¡oh Señor! cómo debo amarte.

Mi amor, Señor, no es gratuito, pues te es debido... Aunque no puedo amarte cuanto debo, acepta, con todo, mi poco amor. Te podré amar más, cuando te agradare aumentar mi virtud, pero jamás te daré lo que mereces. Dame, por lo tanto, tu amor ardentísimo con el que, por tu gracia, te ame, te agrade, te sirva, cumpla tus preceptos, no me separe de ti, ni en el tiempo presente ni en el futuro, sino que por todos los siglos permanezca unido a ti por amor”.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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