El valor de la obediencia (II)


Uno de los obstáculos más fuertes a la plena conformidad de tu voluntad con la de Dios es el apego a tu querer, a tus deseos, a tus inclinaciones. Ahora bien, la obediencia que te impone la voluntad ajena como norma en el obrar, es el mejor ejercicio para acostumbrarte a contradecir tu voluntad, a desprenderte de ella y a unirte a la voluntad de Dios, que se te manifiesta a través de las órdenes de los superiores. Y cuanto más estrecha es la forma de obediencia a que estás sometido, es decir, cuanto más amplia es, abrazando no sólo algún aspecto particular, sino toda tu vida, más intenso será este ejercicio y más eficazmente te introducirá en la voluntad de Dios. Aquí está el valor inmenso de la obediencia: poner toda la vida del hombre en la voluntad de Dios, hacer posible que el hombre en toda circunstancia regule su conducta no según su voluntad, tan débil, frágil y sujeta a error, tan limitada y ciega, sino según la voluntad de Dios, tan perfecta y santa, que jamás puede equivocarse, ni querer el mal, sino sólo el bien, y no el bien pasajero, que hoy existe y mañana no, sino el eterno e imperecedero.

La obediencia realizará en ti este trueque dichosísimo: abandonar tu voluntad para abrazar la de Dios. Es este el motivo que hacía correr a los Santos en busca de la obediencia. De Santa Teresa Margarita del Corazón de Jesús, se dice: “no solamente volaba en el ejecutar los preceptos, sino que gozaba enormemente y se divertía obedeciendo”. La naturaleza siente dificultad en denegar la propia voluntad, en renunciar a un proyecto, a un plano, a un trabajo en que se tiene toda la ilusión y el cariño; pero el alma de vida interior no se detiene a considerar esta renuncia, sino que, a pesar del sufrimiento y de la lucha que supone este vencerse a sí mismo, lanza su mirada más lejos: la fija en la voluntad de Dios, que se le presenta escondida en la voz de la obediencia; y hacia esa voluntad tiende con toda la energía de sus fuerzas, porque abrazar la voluntad de Dios es abrazar a Dios mismo.

¡Señor! Sólo dispongo de una vida, ¿y puede existir por ventura una manera mejor de emplearla toda en tu gloria y en mi santificación que poniéndola directamente bajo tu obediencia? Solamente así estaré seguro de no perder el tiempo y de no equivocarme, porque entregarse a la obediencia es entregarse a tu voluntad. Si mi voluntad está llena de defectos, la tuya es santa y santificante; si mi voluntad posee la triste capacidad de poder extraviarme, la tuya es poderosa para santificar mi pobre vida, para santificar todas mis acciones, aun las más simples e indiferentes, cuando son realizadas bajo su impulso.

¡Oh Señor! Es precisamente el deseo de vivir totalmente en las manos de tu voluntad lo que me empuja hacia la obediencia, a amar y abrazar esa virtud, a pesar de la ardiente ansia de libertad y de independencia que me abrasa.

¡Oh voluntad santa y santificadora de mi Dios! Quiero amarte sobre todas las cosas quiero vivir siempre abrazado a ti, nada quiero hacer sin ti o fuera de ti.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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