La Misericordia de Dios nos espera


¡Oh Amor inestimable, oh dulce Amor, Fuego eterno! Eres el fuego que siempre arde, ¡oh alta Trinidad! Dirige los ojos de la misericordia a tus criaturas. Reconozco que te es propia la misericordia; es más, adonde quiera que me vuelva, me encuentro con ella. Por eso grito y corro a tu misericordia para que la tengas con el mundo.

Tú quieres, Padre eterno, que te sirvamos según tu beneplácito y llevas a tus servidores por diversos modos y caminos.

¡Oh Verdad eterna! ¿Cuál es tu enseñanza y cuál el camino por el que quieres que vayamos al Padre? No acierto a ver otro sino el que tú has pavimentado con las verdaderas y reales virtudes del fuego de tu caridad, Verbo eterno. Lo has edificado con tu sangre. Este es, pues, el camino. Nuestro pecado no consiste sino en amar lo que tú has aborrecido y en aborrecer lo que has amado.

¡Oh eterna Deidad! ¿Y qué diremos de ti? ¿Qué juicio nos formaremos de ti? Diremos y pensaremos que eres nuestro dulce Dios, que no quiere sino nuestra santificación. Esto aparece evidente en la sangre de tu Hijo. Él, como enamorado, corrió, por nuestra santificación a la afrentosa muerte de cruz. Que se avergüence el hombre de levantar la cabeza con soberbia viéndote, altísimo Dios, humillado hasta el lodo de nuestra humanidad.

¡Oh eterna Deidad! ¡Qué propia te es la misericordia! Lo es tanto que tus servidores apelan a ella contra la justicia que el mundo merece por sus pecados. Tu misericordia nos ha creado; la misma misericordia nos redimió de la muerte eterna; ella nos gobierna y ella contiene a la justicia para que no mande a la tierra que se abra y nos trague y que los animales nos devoren, sino, por el contrario, todas las cosas nos sirven y la tierra nos da su fruto. Todo esto lo hace la misericordia. Ella nos conserva y prolonga la vida, concediéndonos tiempo para que podamos volver a ti y reconciliarnos contigo.

¡Oh misericordioso y piadoso Padre! ¿Quién frena a la naturaleza angélica para que no tome venganza del hombre que es enemigo tuyo? La misericordia. Por ella nos concedes grandes consuelos para que nos veamos obligados a amarte, porque el corazón de la criatura está inclinado al amor. Esa misericordia nos da y permite las penas y aflicciones para que aprendamos a conocernos a nosotros mismos y adquiramos la modesta virtud de la verdadera humildad, y también para que tengas motivos de recompensar a los que varonilmente han combatido sufriendo con verdadera paciencia. Por misericordia conservaste las cicatrices en el cuerpo de tu Hijo, para que con ella pida misericordia por nosotros ante tu Majestad. Por misericordia te has dignado mostrarme a mí, miserable, que en modo alguno debemos juzgar las intenciones de las criaturas racionales, pues tú las conduces por variedad infinita de caminos. Por lo cual te doy gracias.

¡Oh Verbo eterno, Hijo de Dios! ¿Por qué tuviste tan perfecto dolor de la culpa, no hallándose en ti el veneno del pecado? Veo, Amor inestimable, que quisiste satisfacer corporal y espiritualmente, lo mismo que el hombre corporal y espiritualmente había ofendido y cometido el pecado. Pequé contra el Señor, ten misericordia de mí.

Fuente: Santa Catalina de Siena, Oraciones y soliloquios.

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