El trabajo para Gloria de Dios


“Haz prósperas, Señor, las obras de nuestras manos”.

Nuestra tarea, en los hogares, en los campos, en las industrias y en las oficinas, podría convertirse en una actividad afanosa, en definitiva, vacía de significado. Pedimos al Señor que sea más bien la realización de su designio, de modo que nuestro trabajo recupere su significado originario. Al hombre, creado a su imagen y semejanza, Dios le da este mandato: “Llenad la tierra y sometedla”. San Pablo, se hace eco de estas palabras: “Cuando estábamos entre vosotros, os mandábamos esto: si alguno no quiere trabajar, que tampoco coma”, y los exhorta “a que trabajen con sosiego para comer su propio pan”. Por tanto, en el proyecto de Dios el trabajo aparece como un derecho-deber. Necesario para que los bienes de la tierra sean útiles a la vida de los hombres y de la sociedad, contribuye a orientar la actividad humana hacia Dios en el cumplimiento de su mandato de “someter la tierra”. A este propósito, resuena en nuestro corazón otra exhortación del Apóstol: “Por tanto, ya comáis, ya bebáis o hagáis cualquier otra cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”.

La vida oculta de Jesús en Nazaret. Fue allí donde pasó la mayor parte de su existencia terrena. Con su laboriosidad silenciosa en el taller de san José, Jesús dio la más alta demostración de la dignidad del trabajo. El Hijo de Dios no desdeñó la calificación de carpintero, y no quiso eximirse de la condición normal de todo hombre. La elocuencia de la vida de Cristo es inequívoca: pertenece al mundo del trabajo; tiene reconocimiento y respeto por el trabajo humano; se puede decir incluso más: mira con amor el trabajo, sus diversas manifestaciones, viendo en cada una de ellas un aspecto particular de la semejanza del hombre con Dios, Creador y Padre.

Del Evangelio de Cristo deriva la enseñanza de los Apóstoles y de la Iglesia; deriva una verdadera y característica espiritualidad cristiana del trabajo. El mundo contemporáneo tiene necesidad de este “evangelio del trabajo”, para que la actividad humana promueva el auténtico desarrollo de las personas y de toda la humanidad. En este momento, no puedo por menos de expresar mi solidaridad a todos los que sufren por falta de empleo, por salario insuficiente, por indigencia de medios materiales. Tengo muy presentes en mi corazón a las poblaciones sometidas a una pobreza que ofende su dignidad, impidiéndoles compartir los bienes de la tierra. Comprometerse a remediar estas situaciones es obra de justicia y paz.

Amadísimos trabajadores, la figura de José de Nazaret, cuya estatura espiritual y moral era tan elevada como humilde y discreta. En él se realiza la promesa del Salmo: “¡Dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos! Comerás del fruto de tu trabajo, serás dichoso, te irá bien”. El Custodio del Redentor enseñó a Jesús el oficio de carpintero, pero, sobre todo, le dio el ejemplo valiosísimo de lo que la Escritura llama “el temor de Dios”, principio mismo de la sabiduría, que consiste en la religiosa sumisión a él y en el deseo íntimo de buscar y cumplir siempre su voluntad. Esta es la verdadera fuente de bendición para cada hombre, para cada familia y para cada nación.

Bendice, Señor, el trabajo diario con el que el hombre se procura el pan para sí y para sus seres queridos. Amén.

Fuente: San Juan Pablo II, Homilía del 1 de mayo de 2000

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