Debemos abandonarnos en Dios y confiar en Él


La Sierva de Dios Benigna Consolata Ferrero y la Venerable Luisa Margarita Claret de la Touché, nos han dado ejemplo de santidad, ejercitando el santo Abandono en Dios, que consiste en una entrega confiada y absoluta a los designios de la voluntad misericordiosa de Dios. Nosotros podemos rezar así:

Mi amabilísimo y fidelísimo Jesús, yo, tu afortunadísimo aunque indignísimo servidor, fiándome plenamente de la inagotable e incomparable Bondad de tu dulcísimo Corazón, abandono todo mi ser a tu misericordiosísima Bondad. Mi Buen Jesús, abandono en Ti mi pasado con todas sus miserias, mi presente con todas mis fragilidades e imperfecciones, mi futuro con mis más queridos intereses, el alma y la eternidad. Jesús mío, Bueno y Misericordioso, el abandonarte cada cosa es un decirte con los hechos que me fio de Ti, que descanso en Ti, que todo lo espero de Ti, que deseo reparar con mi entrega confiada la ingrata desconfianza de los hombres en tu infinito Amor.

La Venerable Luisa Margarita escribía: El alma que se abandona en Dios lo espera todo de parte de Él, no se detiene voluntariamente en las inquietudes, en las lamentaciones, en las previsiones, en los deseos que pueden nacer en ella respecto del pasado, del presente y del porvenir, sino que en todo momento debe mantenerse bajo el influjo de la acción divina, a la simple espera de la voluntad de Dios. El alma así comprometida hará un acto de abandono en la bondad divina cada vez que se sienta turbada por el peso de sus culpas pasadas, temerosa ante la insidia de las tentaciones o afligida por la preocupación de lo que pueda sobrevenirle a ella o a quienes ama.

Abandonarse en Dios, es decirle que recibimos con igualdad de ánimo lo que él nos envíe durante nuestra vida y que aceptamos de antemano el género de muerte que su Providencia haya dispuesto. El acto voluntario de abandono da a Dios, no nuevos derechos sobre la creatura, sino una mayor libertad de acción en ella. Hacer este acto no implica cargar con un nuevo peso, sino más bien quitarnos un gran peso de encima, puesto que la mayoría de nuestras penas, de nuestros tedios y contrariedades no provienen más que del hecho de tener una voluntad personal que anhela algo distinto de lo que Dios dispuso para nosotros; si podemos llegar al punto feliz de no tener ya propio querer, de golpe secaríamos la fuente de nuestras miserias.

El abandono hace sumergir al alma en la voluntad divina. Consiste en dejarse amar por Dios y arrojarse en sus brazos dispuestos a recibir todo, a hacer todo, a soportar todo por El.

No se requiere más que dejarse labrar, cerrar los ojos y abandonarse sin reservas. El amor tiene dos fases: una que mira a Dios, y es el abandono; otra que mira a las criaturas, y es la caridad. Jesús es quien lo hace, y por tanto está bien, yo también lo quiero, tengo confianza en Él, yo me abandono. Me abandono perfectamente, en cuerpo y alma, por el tiempo y la eternidad, a la misericordia infinita de nuestro Señor. Ya en esta vida el abandono tiene su dulce recompensa: la paz interior. ¡Oh, cuán bueno es abandonarse sin reservas al amable Corazón de Jesús!

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