Amigos de la Cruz (III)


Luchamos bajo la mirada paternal de Dios.

Dios, como un gran rey, desde lo alto de una torre, contempla a sus soldados en medio de la pelea, complacido y alabando su valor. ¿Qué contempla Dios sobre la tierra? ¿A los reyes y emperadores en sus tronos? -a menudo los mira con desprecio. ¿Mira las grandes victorias de los ejércitos del estado, las piedras preciosas; en una palabra, las cosas que los hombres consideran grandes?-lo que es grande para los hombres es abominable para Dios (Lc. 16,15) Entonces, ¿Qué es lo que mira con gozo y complacencia, pidiendo noticias de ello a los ángeles y a los mismos demonios? Dios mira al hombre que lucha por El contra la fortuna, el mundo, el infierno y contra sí mismo, al hombre que lleva la cruz con alegría. ¿Has reparado sobre la tierra en una maravilla tan grande que el Cielo entero la contempla con admiración?- dice el Señor a satanás-. ¿Te has fijado en mi siervo Job, que sufre por mí? (Job. 2,3)

¡Mirad!, Dios nos sostiene. Con su brazo poderoso alcanza del uno al otro extremo de nuestra vida, suave y poderosamente; suavemente, porque no permite que seamos tentados y afligidos por encima de nuestras fuerzas; poderosamente, porque nos ayuda por una gracia poderosa y proporcionada a la fuerza y duración de la tentación o aflicción; poderosamente también, porque-como lo dice el Espíritu de su santa Iglesia- se hace nuestro apoyo al borde del precipicio ante el cual nos hallamos; nuestro compañero, si nos extraviamos en el camino; nuestra sombra, si el calor nos abrasa; nuestro vestido, si la lluvia nos empapa y el frio nos hiela; nuestro vehículo, si el cansancio nos oprime; nuestro socorro, si la adversidad nos acosa; nuestro bastón, si resbalamos en el camino; nuestro puerto, en medio de las tempestades que nos amenazan con ruina y naufragio.

Fuente: San Luis María Grignion de Montfort, Carta circular a los amigos de la Cruz

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