Santo Domingo Savio y su devoción a la Virgen


Grande era la devoción de Domingo hacia la Madre de Dios.

Nutría una devoción especial al Corazón Inmaculado de María. No sólo era devoto de María Santísima, sino que se alegraba sobremanera siempre que lograba que alguien lo acompañara a cumplir alguna práctica de piedad en honor de la Virgen. Cierto sábado había invitado a un compañero para que recitase con él en la iglesia las vísperas de la Santísima Virgen. El otro había aceptado a regañadientes, alegando que sentía mucho frío en las manos. Domingo se quitó los guantes que llevaba puestos y se los dio al compañero, y así ambos fueron a la iglesia. En otra ocasión se despojó del abrigo, para prestárselo a otro, a fin de que fuese con él de buen grado a la iglesia para rezar. ¿Quién no se siente embargado de admiración ante semejantes ejemplos de generosa piedad?

Nunca se mostraba Domingo tan fervoroso para con su celestial patrona la Virgen como en el mes de María. Se ponía de acuerdo con otros para realizar cada día alguna práctica particular, además de cuánto se efectuaba en común en la iglesia. Preparaba una serie de ejemplos edificantes, que luego narraba con gusto para animar a otros a ser devotos de María. Hablaba de Ella a menudo en los recreos, instaba a todos a confesarse y a recibir la santa comunión. El daba el ejemplo llegándose cada día al banquete eucarístico con tal recogimiento, que mayor no se podía pedir.

Fuente: San Juan Bosco, Vida de Domingo Savio

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