Perseverar en la oración (I)


Haz Señor que yo te busque y sirva siempre, a pesar de todas las dificultades que pueda encontrar.

Enseña Santa Teresa de Jesús que a quien desea darse con provecho a la oración le “importa mucho y el todo una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella” en el camino emprendido. O sea, se trata de darse a la oración no sólo por un período, sino siempre, todos los días, toda la vida, sin dejarse disuadir por razón alguna. “Venga lo que viniera, suceda lo que sucediera, trabájese lo que se trabajare, murmure quien murmurare... siquiera se muera en el camino...”, aspire siempre a la meta (Cam. 21, 2). Y la meta, recordémoslo, es el agua viva prometida por Jesús a quienes sinceramente tienen sed de Él y de su amor.

Sin una voluntad firme y decidida, frecuentemente encontrará el alma motivos más o menos plausibles para abandonar la oración. Por una parte la sequedad que encuentra le hará pensar que para ella es tiempo perdido el empleado en un ejercicio del que al parecer no saca fruto alguno, y que por eso sería mejor emplearlo en otras obras. Tampoco será difícil que las muchas ocupaciones que frecuentemente la abruman le presenten más legítima esa postura. Otras veces el sentimiento de su miseria -principalmente la consideración de su escasa fidelidad a la gracia- le hará creer que es indigna de la intimidad con Dios y que por lo mismo es inútil para ella perseverar en la oración. “Esta -dice la Santa- fue la mayor tentación que tuve; por medio de ella es grande el daño que nos hace el demonio. Quien la ha comenzado, no la deje; pues es el medio por donde puede tornarse a remediar, y sin ella será muy más dificultoso. Y no le tiente el demonio por la manera que a mí, a dejarla por humildad”.

Señor, lo sé; para que el amor sea verdadero y la amistad durable es necesario que entre los dos amigos reine paridad de condición. Y sé también que Tú no puedes tener defecto alguno, mientras mi naturaleza es viciosa, sensual e ingrata, por lo que no puedo amarte cuanto mereces.

“¡Oh bondad infinita de mi Dios, que me parece os veo y me veo de esta suerte! ¡Oh regalo de los ángeles, que toda me querría, cuando esto veo, deshacer en amaros! ¡Cuán cierto es sufrir Vos a quien os sufre que estéis con él! ¡Oh, qué buen amigo hacéis, Señor mío! ¡Cómo le vais regalando y sufriendo, y esperáis a que se haga a vuestra condición y tan de mientras le sufrís Vos la suya! ¡Tomáis en cuenta, mi Señor, los ratos que os quiere, y con un punto de arrepentimiento olvidáis lo que os ha ofendido!”

Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25