Perseverar en la oración (II)


No abandone el alma la oración, aunque haya caído por culpa propia en la sequedad, sino persevere en ella no obstante la violencia que deberá hacerse y las vivas repugnancias que tendrá que vencer. Si persevera con valentía, “por pecados y tentaciones y caídas de mil maneras que ponga el demonio, tengo por cierto -dice Santa Teresa- que la saca el Señor a puerto de salvación”. Acepte el tormento de pasar el tiempo de la oración en aridez completa, con la pena, además, de sentirse tan miserable e indigna de tratar con Dios, en cuya presencia se halla; acepte los reproches de la conciencia por sus debilidades y ofrezca todo al Señor en expiación de las faltas cometidas y para obtener la gracia de la enmienda. No se canse de repetir con sinceridad salida del corazón la plegaria del publicano: “¡Oh Dios! Sé propicio conmigo, pecador”; y Dios, que ama tanto a quien reconoce su propia miseria, no dejará de venir en su ayuda. Pero es menester esperar con paciencia la hora por Él establecida.

Santa Teresa de Jesús pasó cerca de dieciocho años en semejante sequedad: “Hartas veces -dice ella- no sé qué penitencia grave se me pusiera delante que no la acometiera de mejor gana que recogerme a tener oración. Era tan incomportable la fuerza que el demonio me hacía, o mi ruin costumbre, para que no fuese a la oración..., que era menester ayudarme de todo mi ánimo... para forzarme. Y, en fin, me ayudaba el Señor”; era éste el premio a su fidelidad.

Por eso la Santa tiene toda la autoridad que deriva de la experiencia vivida para insistir en que jamás por motivo alguno se abandone la oración, y lo recomienda con mucha insistencia: “No os quedéis en el camino, sino pelead como fuertes hasta morir en la demanda, pues no estáis aquí a otra cosa sino a pelear”. También a la oración se puede aplicar el dicho de Jesús: “El reino de los cielos se conquista con la fuerza y lo arrebatan los esforzados”.

He visto esto claro por mí, y no veo, Criador mío, por qué todo el mundo no se procure llegar a Vos por esta particular amistad: los malos, que no son de vuestra condición, para que nos hagáis buenos con que os sufran estéis con ellos siquiera dos horas cada día, aunque ellos no estén con Vos sino con mil revueltas de cuidados y pensamientos de mundo, como yo hacía. Por esta fuerza que se hacen a querer estar en tan buena compañía, miráis que en esto a los principios no pueden más, ni después algunas veces; forzáis Vos, Señor, los demonios para que no los acometan y que cada día tengan menos fuerza contra ellos, y se la dais a ellos para vencer. Sí, que no matáis a nadie ¡vida de todas las vidas! de los que se fían de Vos y de los que os quieren por amigo; sino sustentáis la vida del cuerpo con más salud y la dais al alma”.

Concédeme, pues, Señor, un ánimo esforzado para perseverar siempre en la oración, no obstante la sequedad, las deficiencias internas y externas, y a pesar de mi falta de correspondencia a tu gracia... Por medio de ella Tú me darás remedio para todos mis males.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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