El Examen de conciencia como Oración


Si es verdad que lo interior es lo principal, no podría ser descuidado lo exterior sin verdadero daño para nosotros y frecuentemente sin escándalo para el prójimo.

Se echa de ver, pues, por este doble examen de conciencia, la necesidad de la mortificación, como asimismo de las purificaciones pasivas o de cruces que el Señor nos envíe para purificarnos de todo apego al mundo y a nosotros mismos, y para que verdaderamente el amor hacia Él ocupe el primer lugar en nuestra alma y reine sobre todos nuestros actos.

Para hacer bien este examen, bajo cualquiera de las dos formas, tiene suma importancia, el no separar la mirada que sobre nosotros mismos echamos, de aquella que debe siempre dirigirse a Dios, ejemplar de toda perfección. Esta mirada sobre Dios es una mirada de la fe, perfeccionada por el don de sabiduría, que nos hace juzgar de todo con relación a Dios, causa primera de salvación y fin último. Al considerar las perfecciones divinas de Verdad, de Bondad, de Amor, de Justicia, de Misericordia, se comprende mucho mejor, por antítesis, la miseria del hombre y el desorden del pecado. Al recorrer el libro de la vida, donde se halla estampada la historia toda de nuestra alma, conforme a la verdad más absoluta, se puede entrever mejor, y como desde lo alto, en qué cosa nos hemos buscado a nosotros mismos, en el transcurso de una semana o de un año, por orgullo, vanidad, envidia, concupiscencia, en lugar de habernos entregado por entero a Dios, por la humildad, dulzura, espíritu de fe, confianza y amor. Hecho de esta manera, el examen de conciencia tiende a transformarse en oración, en aquella oración que implora la gracia eficaz para entrar en la intimidad de Dios.

Fuente: Reginald Garrigou Lagrange, El amor de Dios y la mortificación

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25