El Espíritu de Cristo (I)


¡Oh Espíritu Santo que señoreaste plenamente en el alma de Jesús! Dígnate tomar la dirección de mi pobre alma.

El Espíritu Santo es llamado en la Sagrada Escritura “Espíritu de Cristo” (Rm. 8, 9); esta expresión está llena de significado. Cristo es el Verbo Encarnado, hecho hombre, y, sin embargo, permanece siempre el Verbo, el Hijo de Dios, del cual -como del Padre- procede el Espíritu Santo; por eso puede decirse muy bien que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo, precisamente porque la Persona de Cristo no es otra que el Verbo. Mas cuando se habla de Cristo ha de entenderse que se habla no sólo de Cristo en cuanto Dios, sino de Cristo en cuanto Hombre, es decir, el Verbo Encarnado. Pues bien, también en este sentido se puede decir que el Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo.

Sabemos, efectivamente, que el divino Consolador, con el Padre y con el Hijo, mora en todas las almas en gracia. Y no solamente mora, sino que lo hace con complacencia. Aún más: tanto más se complace cuanto mayor es el grado de gracia que encuentra en el alma, ya que en donde la gracia es más abundante allí existen más intenso y luminoso reflejo de la naturaleza y de la bondad de Dios. Precisamente por esto el Espíritu Santo se complacía inmensamente en el alma de María Santísima que, llena de gracia, aumentaba constantemente de plenitud en plenitud. Y sin embargo, la gracia existente en María era sólo un pálido reflejo de la que Jesús poseía, que era, como dicen los teólogos, “infinita”.

Sí, pues, Cristo posee la gracia de manera infinita, se puede decir que el Espíritu Santo se complace infinitamente en el alma de Cristo y que en ella mora como en su templo preferido. Tal es la forma de expresarse de la Encíclica Mystici Corporis cuando afirma que el divino Paráclito “tiene sus delicias en habitar en el alma del Redentor como en su templo preferido”. Y si se puede afirmar que el Espíritu Santo es nuestro porque habita en las almas santificadas por la gracia, con razón infinitamente mayor se puede decir que es “de Cristo”, cuya alma Santísima posee la gracia en inmensa medida.

“¡Oh Espíritu Santo! Tu clemencia, tu amor inefable ha tenido clavado al Hijo de Dios en el madero santo de la Cruz, pues que ni los clavos ni las cuerdas le hubieran podido tener ligado sin el vínculo de la caridad. Y después, cuando Cristo elevándose a las alturas regresó al Padre, tú, Espíritu Santo, fuiste enviado al mundo con la potencia del Padre, con la sabiduría del Hijo y con tu clemencia, para afianzar el camino de la doctrina que Cristo dejó en el mundo...

¡Oh Espíritu Santo! Ven a mi corazón, atráelo a ti con tu potencia, Dios verdadero; concédeme caridad con temor, defiéndeme de todo mal pensamiento; caliéntame y abrázame en tu dulce amor, de tal modo que cualquier trabajo me parezca ligero. ¡Santo Padre mío y dulce Señor mío! Ayúdame en todas mis acciones” (Santa Catalina de Sena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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