El Espíritu de Cristo (II)


El Espíritu Santo es el Espíritu de Cristo y habita en Él como en el templo preferido. El Espíritu Santo mora en el alma de Cristo para llevarla continuamente a Dios, para conducirla al cumplimiento de su misión redentora, para solicitarla a unirse con la voluntad del Padre Celestial. Vemos esto concretamente en el Evangelio, donde San Lucas, después de haber descrito el bautismo de Jesús, sobre quién el Espíritu Santo “descendió en figura corpórea, en forma de paloma”, añade: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se retiró del Jordán y fue conducido al desierto por el Espíritu”. He aquí una declaración explícita de la plenitud sin medida con que el Espíritu Santo habitaba en el alma de Jesús, plenitud que sin duda se remonta al primer instante de la vida de Salvador, y de la cual Dios quiso darnos una prueba sensible en el momento de su bautismo; y he aquí también un ejemplo patente de lo que el Espíritu Santo obraba incesantemente en el alma de Jesús, inspirando todas sus acciones y guiándole al cumplimiento de su misión redentora, según lo que dice San Pablo: “Cristo, por el Espíritu Eterno, se ofreció a sí mismo inmaculado a Dios”.

Si queremos comprender más a fondo esta misteriosa acción del divino Paráclito en el alma de Jesús, podemos pensar en lo que Él obra en el alma que ha llegado a la transformación de amor. San Juan de la Cruz enseña que en este altísimo estado, el Espíritu Santo invade el alma, ya totalmente dócil a su moción, y la dirige y mueve en todas sus acciones, empujándola incesantemente hacia adelante mediante una perfecta adhesión a su santa voluntad. Inmensamente más -ya que de manera inmensamente más perfecta- obraba el Espíritu Santo en el alma de Cristo, el cual le secundaba dócilmente y estaba bajo su impulso del modo más perfecto. El Espíritu divino sale al encuentro de esta sublime criatura que es el alma de Jesús: la invade, la dirige, la mueve al cumplimiento de su misión y la lleva a Dios con un impulso fortísimo, precisamente porque ella está totalmente bajo la influencia de su moción.

“¡Oh Jesús! Te presento mi pobre amor, dejándolo en los brazos de tu ardiente Espíritu, en el horno ardiente de tu amor. ¡Oh Amado mío! Por tu divina virtud prepárame al combate espiritual con las armas de tu Espíritu, ya que no confío en mí, sino en sola tu bondad. Todo lo que no es totalmente tuyo arráncalo de mí con tu inestimable caridad, de modo que por tu dulce amor, invitada y fortalecida con la viva suavidad de tu amor, no ame sino a Ti. Que los dulces efluvios de tu Espíritu me hagan breve y ligero el peso de la vida; y Tú mismo dígnate unir tu cooperación a mis obras, de tal modo que mi alma te glorifique eternamente, que mi vida esté consagrada a ti, y se goce mi espíritu en Dios, mi Salvador, de tal modo que mi pensamiento y acción sean alabanza y acción de gracias a ti” (Santa Gertrudis).

¡Oh Espíritu Santo que con tanta plenitud has obrado en el alma santísima de Jesús! Dígnate obrar también en mi pobre alma y tomarla enteramente bajo tu dirección, para que en toda acción interna y externa me mueva según tus inspiraciones, tus gustos y tu beneplácito.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

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