El Corpus Christi

El Beato Carlos de Austria junto su familia en una procesión del Corpus Christi

Se admiran en el mundo los progresos de la industria, de las ciencias, de las artes; se admiran las grandes fortunas, los hermosos palacios, los preciosos jardines; pero qué pocas almas piensan en el gran prodigio de la Eucaristía. Nosotros mismos, que nos maravillamos ante las bellezas naturales, el esplendor del firmamento y el espectáculo del mundo creado, ¡cuántas veces permanecemos indiferentes en los santuarios que habita la Hermosura increada!

El Todopoderoso autor del Universo podría, con una sola palabra, sacar de la nada millones de mundos más ricos y más hermosos que el nuestro; pero, dice San Agustín, que Dios Todopoderoso no ha podido crear nada tan admirable como el Sacramento del Altar. Siendo Dios, como es, la misma Sabiduría, la Bondad por esencia, podría multiplicar infinitamente los beneficios que nos prodiga; pero, añade también San Agustín, no podría otorgarnos ningún don que igualara al don de la Eucaristía. ¡Oh inefable misterio de Amor!

Aunque parezca imposible, ¡cuán insensibles se quedan los hombres ante este adorable misterio! Cuando un rey llega a una ciudad, se corre a su encuentro. El Rey de los reyes baja diariamente de los cielos con toda su corte para establecerse entre nosotros, rodeado de los príncipes de las milicias angélicas, y apenas si pensamos en ello y tan sólo acuden a adorarle algunas almas piadosas y fieles.

Procuremos ser nosotros también del corto número de estas almas piadosas; únicamente admiremos y estimemos en nuestro destierro el milagro de la divina Eucaristía, milagro permanente que eclipsa a todos los milagros posibles hasta el fin de los siglos. Si fuéramos capaces de entender estas verdades, como las entendieron Santo Tomás de Aquino, San Buenaventura, San Luis Gonzaga, Santa Teresa, San Alfonso de Ligorio, no podríamos olvidar ni un solo momento al Dios de la Eucaristía. ¡Con cuanto respeto y amor pensaríamos en Él, en sus grandezas, en sus perfecciones infinitas! ¡Con qué frecuencia le visitaríamos, le invocaríamos, le ofreceríamos nuestros más rendidos homenajes, cómo nos sentiríamos devorados por un santo celo de propagar su culto!

¡Oh Jesús mío! Hazte conocer y amar. Ya que has obrado tantos prodigios en favor de tu doctrina, no dejes oculta tu Persona Sacratísima que reside tan cerca de nosotros.

Fuente: Manual de Meditaciones, pp. 582-584

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