El Corazón de Jesús, nuestro Modelo (II)


Nuestro Señor junta a la lección sobre la mansedumbre otra acerca de la humildad, precisamente porque el fundamento inmediato de la mansedumbre es ni más ni menos la humildad.

Basta que haya en ti un poco de orgullo, de amor propio, de apego a tu propio modo de ver u obrar, para que no sepas sufrir ser contradicho, y entonces, frente a los inevitables choques derivados de la convivencia, perderás, más o menos, la calma, la paz interna y externa. Si pierdes la calma, pierdes también la serenidad de juicio y por ello no puedes ver ya con limpidez la luz divina que te muestra el camino a seguir y lo que el Señor de ti quiere. Entonces tu alma titubea, pierde el brío y se deja un tanto arrastrar por la pasión. Mientras en ti haya residuos de orgullo y amor propio, siempre te ocurrirá casos en que perderás un tanto el control y dominio de ti mismo, con el resultado de faltar a la mansedumbre. Para sacar provecho de la elección del Corazón de Jesús, para modelar tu corazón según el suyo, debes, pues, trabajar asiduamente por extirpar en ti todos los gérmenes del orgullo y del amor propio. Es este un trabajo en el que debes empeñarte día tras día, comenzando siempre de nuevo, sin dejarte desanimar por el continuo rebrotar de los sentimientos y resentimientos de tu yo. Es ésta una batalla que ganarás no cejando jamás en ella.

Para animarte a esta lucha, piensa que ella aprovechará no sólo al bien de tu alma, sino también al de otras almas, porque -como enseña Pío XI- “cuanto más hayamos inmolado el amor propio y nuestras pasiones..., tanto más copiosos frutos de propiciación y de expiación recogeremos para nosotros y para los demás” (Miserentissimus Redemptor). La lucha contra el amor propio y el ejercicio de la humildad entran, pues, de lleno en el programa de un alma consagrada al Sagrado Corazón y que se ha ofrecido a Él como víctima reparadora.

“¡Oh Jesús! Permíteme entrar en tu Corazón como en una escuela. Que en esta escuela me adoctrine de la ciencia de los Santos; en esta escuela escucharé con atención tus dulces palabras: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón y hallaréis descanso para vuestras almas. Lo comprendo. Las tempestades que puedo temer provienen sólo del amor propio, de la vanidad, del apego a mi apetito. ¡Defiéndeme, Señor, protege la paz de mi alma!... Tu Corazón es un abismo en que lo hallo todo y, especialmente, es un abismo de amor en el que debo sumergir cualquier otro amor, principalmente el amor propio con todos sus frutos de respeto humano, de vana complacencia y de egoísmo. Ahogando estas inclinaciones en el abismo de tu amor, hallaré en él todas las riquezas necesarias a mi alma. ¡Oh Jesús! Si siento en mí un abismo de orgullo y de vanagloria, quiero ahogarlo al punto en las profundas humillaciones de tu Corazón, que es un abismo de humildad. Si hallo en mí un abismo de agitación, de impaciencia, de cólera, recurriré a tu Corazón que es un abismo de dulzura. En todas las circunstancias, en cualquier coyuntura, quiero abandonarme a tu Corazón, océano de amor y de caridad, y no salir más de él, mientras no esté toda penetrada de su fuego divino” (Santa Margarita María de Alacoque).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena, Intimidad Divina

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25