Carta de Juan Pablo II a las familias (I)


En el contexto de la civilización del placer, la mujer puede llegar a ser un objeto para el hombre, los hijos un obstáculo para los padres, la familia una institución que dificulta la libertad de sus miembros. Para convencerse de ello, basta examinar ciertos programas de educación sexual, introducidos en las escuelas, a menudo contra el parecer y las protestas de muchos padres; o bien las corrientes abortistas, que en vano tratan de esconderse detrás del llamado “derecho de elección” (“pro choice”) por parte de ambos esposos, y particularmente por parte de la mujer.

En los evangelios de la infancia, el anuncio de la vida, que se hace de modo admirable con el nacimiento del Redentor, se contrapone fuertemente a la amenaza a la vida, una vida que abarca enteramente el misterio de la Encarnación y de la realidad divino-humana de Cristo. El Verbo se hizo carne, Dios se hizo hombre. A este sublime misterio se referían frecuentemente los Padres de la Iglesia: “Dios se hizo hombre, para que el hombre, en él y por medio de él, llegara a ser Dios”. Esta verdad de la fe es a la vez la verdad sobre el ser humano. Muestra la gravedad de todo atentado contra la vida del niño en el seno de la madre. Aquí, precisamente aquí, nos encontramos en las antípodas del “amor hermoso”. Pensando exclusivamente en la satisfacción, se puede llegar incluso a matar el amor, matando su fruto. Para la cultura de la satisfacción el “fruto bendito de tu seno” (Lc 1, 42) llega a ser, en cierto modo, un “fruto maldito”.

Fuente: San Juan Pablo II, Carta Gratisimam sane

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