Eucaristía - Misterio de fe (I)


¡Oh Jesús! Creo en Ti y te adoro presente en el Sacramento del altar. ¡Aumenta mi fe!

En el Canon de la misa se llama a la Eucaristía “mysterium fidei” y, en efecto, sólo la fe nos puede hacer reconocer a Dios presente bajo las especies del pan. Aquí, como dice Santo Tomás, los sentidos de nada sirven, antes bien la vista, el tacto y el gusto se engañan, no advirtiendo en la Hostia consagrada más que un poco de pan. Pero ¿qué importa? Tenemos la palabra del Hijo de Dios, la palabra de Cristo, que ha declarado: “Este es mi cuerpo... Esta es mi sangre”; y fiados en esta palabra creemos firmemente: “credo quiqui dixit Dei Filius, nil hoc verbo Veritatis verius”: creo cuanto ha dicho el Hijo de Dios; nada hay más verdadero que esta palabra de la Verdad (Adoro te devote). Nosotros creemos ciertamente en la Eucaristía, no abrigamos duda alguna que oponer, pero, por desgracia, con mucha frecuencia hemos de reconocer que nuestra fe es lánguida, débil, flaca. Aun viviendo cerca de los sagrados altares y habitando tal vez bajo el mismo techo que Jesús Sacramentado, no es difícil permanecer un tanto indiferentes, un tanto fríos frente a esta gran realidad. Por desgracia, nuestra naturaleza, tan grosera, acaba de vez en cuando por habituarse a una de las cosas más bellas y sublimes, de manera que estas -sobre todo cuando se encuentran al alcance de la mano- ya no nos impresionan, ya no nos conmueven; así acaece que, a pesar de creer en la presencia inefable de Jesús en el Santísimo Sacramento, no advertimos la grandeza de esta realidad, no tenemos el sentimiento vivo y concreto que de ella tenían los santos. Repitamos, pues, también nosotros con gran humildad y confianza, la hermosa oración de los Apóstoles: “Domine, adauge nobis fidem”: ¡Señor, auméntanos la fe! (Lc. 17,5)

“Te alabo y te doy gracias, ¡oh fe bendita! Tú me enseñas y me aseguras que en el Santo Sacramento del altar, en aquel Pan celestial, no hay pan, sino que está todo entero mi Señor Jesucristo, y que está allí por mi amor.

¡Oh Jesús! Igual que un día, lleno de bondad y de amor, estabas sentado junto a una fuente esperando a la samaritana para convertirla y salvarla, así ahora, escondido en la Hostia consagrada, estás sobre nuestros altares, esperando e invitando dulcemente a las almas para conquistarlas a tu amor. Y parece que desde el Tabernáculo nos hablas y nos dices a todos: ¡Oh hombres!, ¿por qué no venís y os acercáis a mí, qué tanto os amo? No he venido aquí a juzgar. Me he escondido en este Sacramento de amor sólo para conceder beneficios y consolar a quien a mí recurre. Te comprendo, ¡Oh Señor! El amor te ha hecho nuestro cautivo, el amor apasionado que nos tienes te ha atado de tal manera que ni de día ni de noche te deja nunca separarte de nosotros” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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