Permanecer en paz delante de Dios (II)

Pintura de la última Comunión de San Fernando Rey

Tratándose aquí todavía de contemplación inicial, el alma no debe estar del todo pasiva, sino que se requiere de ella cierto empeño por mantenerse en disposición apta para recibir el influjo divino. Por eso enseña San Juan de la Cruz: “aprenda el espiritual a estarse con advertencia amorosa en Dios, con sosiego de entendimiento... aunque le parezca que no hace nada”. Si el alma persevera en la presencia de Dios con una mirada de fe y amor, su atención amorosa se encontrará con el conocimiento amoroso que Dios mismo le va comunicando, y así, uniéndose “noticia con noticia y amor con amor”, obtendrá el máximo fruto de la oración.

Sin embargo, este conocimiento amoroso que le infunde Dios es sutil y delicado, y nunca sigue la vía de conceptos claros y precisos, sino que es un “sentimiento” general y oscuro de Dios que enamora secretamente al alma sin concurso del sentido. Por eso el alma, acostumbrada a proceder con raciocinios y afecto sensibles, no se da cuenta de esto, sobre todo al principio, y tiene la impresión de no hacer nada, queriendo tornar a la meditación donde sentía hacer algo. Pero San Juan de la Cruz disuade: no obstante sus esfuerzos, no lo lograría, y no haría más que estorbar la obra de Dios en ella. Sin embargo, no debemos creer que el alma no necesite ya servirse de algún pensamiento bueno y de algo de meditación. Un alma atenta y delicada advierte cuándo se encuentra en la presencia de Dios, a pesar de su sequedad, y esto le basta para hacer oración; y cuándo, por el contrario, se distrae y divaga inútilmente y cómo necesita entonces de alguna idea buena para recogerse y pensar en Dios.

“¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has desamparado? Lejos estás de mis palabras de queja. ¡Dios mío! Clamo de día y no respondes, y de noche sin hallar reposo. Y eso que en el santuario estás sentado, e Israel te hace objeto de sus himnos. En Ti nuestros abuelos esperaban; esperaban, y Tú los libraste. A Ti clamaron, y fueron salvados, en Ti esperaban sin quedar burlados. Pero yo soy gusano y no hombre... y me estoy disolviendo como el agua, y están descoyuntándose todos mis huesos; mi corazón se ha vuelto como cera, y se derrite dentro de mis entrañas. Como teja secóse mi garganta y a mis fauces se ha pegado mi lengua” (S. 21,2-6). Y, queriendo cantar tus alabanzas, la voz se me apaga en la garganta. Señor, casi no me atrevo a levantar la mirada hacia Ti, y sin embargo es grande mi deseo de amarte. Querría decirte que te amo, pero no me arriesgo porque mi corazón es de piedra, frío y árido como el mármol. ¿Qué haré, Señor, en esta aridez? Te mostraré mi miseria, te presentaré mi nada, mis debilidades, y te diré: recuerda, Señor, que yo soy el miserable y Tú el Misericordioso, yo el enfermo y Tú el Médico. ¡Oh Señor! Que la vista de mi nada no me abata, sino que me empuje hacia Ti con humildad y confianza, con reverencia y abandono. Señor, que te conozca y que me conozca. Me conozca para despreciarme, te conozca para amarte y bendecirte eternamente.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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