Eucaristía - Misterio de fe (II)


Cuando Jesús anunció la Eucaristía, mucho de sus oyentes se escandalizaron y bastantes de sus discípulos, que hasta aquel momento le habían seguido, “se retiraron y no fueron más con Él” (Jn. 6, 67). Pedro, al contrario, en nombre de los Apóstoles dio aquel bellísimo testimonio de fe: “Señor... Tú solo tienes palabras de vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que Tú eres el Santo Hijo de Dios” (Jn. 6, 69-70). La fe en la Eucaristía se nos muestra así como la piedra de toque de los verdaderos seguidores de Jesús y, cuanto más intensa sea esta fe, tanto más íntima y profunda amistad con Cristo revela. Quien cree, como Pedro, firmemente en Él, cree y acepta todas sus palabras, todos sus misterios: desde la Encarnación hasta la Eucaristía. Sabemos que la fe es, ante todo, un don de Dios. Precisamente en el discurso en que prometió la Eucaristía -la cual es mayor misterio de fe que los otros, porque más que los otros escapa a toda ley natural- Jesús afirmó repetidamente este principio, declarando a los judíos incrédulos que nadie puede ir a Él, y por tanto creer en Él, si “el Padre no lo atrae” (Jn. 6, 44 y 66); y añadió: “Y serán todos enseñados de Dios” (Jn. 6, 45). Para tener una fe viva y profunda en la Eucaristía -como cualquier otro misterio- se precisa esa “atracción”, este “enseñamiento interior” que sólo de Dios puede venir y al cual, no obstante, podemos y debemos disponernos, bien solicitando la gracia con una oración humilde y confiada, bien ejercitándonos activamente en la fe. En efecto, habiéndonos infundido Dios en el santo Bautismo estas virtudes, y siendo la fe una adhesión voluntaria del entendimiento a las verdades reveladas, podemos hacer actos de fe cuando queramos; en nosotros está el querer creer y poner en este acto toda la energía de nuestra voluntad. A medida que la fe crezca en nosotros, nos hará capaces de penetrar las profundidades del misterio eucarístico, de entrar en relaciones vitales con Jesús-Hostia, de gozar de su presencia. Y cuanto nuestra fe sea más intensa, tanto más se manifestará también en nuestro continente ante el Santísimo Sacramento; mirándonos desde el tabernáculo, Jesús no debe tener nunca motivo de dirigirnos la dolorosa reprensión: “hombres de poca fe” (Mt. 8, 26), que dirigió no pocas veces a los Apóstoles y que hoy merecerían muchos cristianos nada respetuosos ante su divina presencia. Nuestro continente delante del Santísimo Sacramento sea siempre tal que resulte un testimonio vivo de nuestra fe.

“¡Oh Señor! Tú encuentras tus delicias en quedarte con nosotros; pero ¿encontramos nosotros la nuestra en estar contigo? ¿La encontramos nosotros especialmente, que tenemos el honor de habitar tan cerca de tu altar, de habitar tal vez en tu misma casa? ¡Oh, cuánta frialdad, indiferencia y hasta injurias debes sufrir en este Sacramento, cuando Tú estás en él para asistirnos con tu presencia!

¡Oh Dios Sacramentado!, ¡oh Pan de los ángeles!, ¡oh manjar divino! Yo te amo; pero ni tú ni yo estamos contentos de mi amor. Te amo, pero te amo demasiado poco. Haz, ¡oh Jesús!, que mi corazón se despoje de todos los afectos terrenos y haga lugar, o mejor, deje todo el lugar a tu amor. Para enamorarme todo de Ti y para unirte todo a mí, desciendes cada día del cielo al Altar; justo es, pues, que yo no piense más que en amarte, en adorarte y darte gusto. Te amo con toda mi alma, te amo con todo mi afecto. Y si quieres pagarme este amor, ¡dame más amor!” (San Alfonso).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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