Santo Domingo, modelo de apóstol de la oración


El apostolado de la oración consiste en atraer, por medio de fervientes súplicas, las bendiciones del cielo sobre los pecadores para convertirlos; sobre los males de la Iglesia para repararlos; sobre todas las calamidades para conjurarlas; sobre todas las buenas obras para estimularlas y continuarlas. Este apostolado tiene cuatro caracteres: 1° es posible a todos, puesto que todos pueden orar; 2° está libre de todo peligro de amor propio, puesto que todo pasa en secreto entre Dios y el alma que ora; 3° es la condición necesaria para el buen resultado de toda empresa, pues sin la intervención de Dios la palabra humana no puede producir ningún fruto; y 4° es el medio de asegurar el éxito, puesto que la oración bien hecha es todopoderosa para con Dios, y, con frecuencia, conversiones que el mundo atribuye al predicador, no son sino obra de un alma buena y desconocida que ora en silencio.

Penetrado de estos santos sentimientos, Santo Domingo hizo de toda su vida una vida de oración. Desde sus primeros años, oraba día y noche; elevado al sacerdocio y nombrado canónigo de la catedral de Osma, se consagró aún más al apostolado de la oración, y se le vio en su silla del coro, orando con la modestia y el fervor de un ángel. Enviado por su Obispo al sur de Francia a la defensa de la religión amenazada por los herejes, y no pudiendo hacerse escuchar de ellos, recurrió a su arma ordinaria: oró e hizo orar por medio de las preces del Rosario. Todo cedió a este nuevo apostolado; la herejía rindió sus armas; el orden, la paz y la felicidad renacieron en estas provincias desoladas. Santo Domingo, animado por tan feliz resultado, resolvió establecer en Orden religiosa a los hombres apostólicos que le habían acompañado en su misión; la Santa Sede erigió entonces la nueva Orden, y nuevos varones apostólicos vinieron a engrosar sus filas. De Roma, en donde acababa de alcanzar victoria tan fecunda, el fundador se multiplicó por las aldeas y los campos para predicar el Evangelio, pero siempre empleando el poderoso recurso de la oración. En sus viajes marcha solo, apartándose de sus compañeros para hablar con Dios más libremente. Llegando a las puertas de las ciudades cae de rodillas pidiendo a Dios que no envíe sus rayos vengadores sobre la ciudad en que iba a penetrar un gran pecador como él; y su primera visita es a las Iglesias, para adorar al Dios que allí habita y orar por el éxito de su ministerio.

Así desempeñó Santo Domingo el apostolado de la oración ¿cómo lo cumplimos nosotros? ¿Pedimos por la conversión de los pecadores, por la Santa Iglesia, por nuestra Patria, y por el feliz éxito de las obras católicas? “Orad unos por otros, para que os salvéis; pues vale mucho la oración perseverante del justo” (St. 5,16).

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

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