Paciencia de San José de Calasanz


Cuando la criatura aprovecha las gracias que el Señor le dispensa, se hacen patentes los admirables efectos del favor divino, que el Señor se complace en conceder al alma que le pide con buenas disposiciones. Los Santos cuyas virtudes admiramos fueron hombres como nosotros, sujetos a las mismas debilidades, combatidos por las mismas pasiones, quizás con más violencia que nosotros o por enemigos más tenaces o por temperamento más fuerte; y no obstante todo esto, alcanzaron la victoria y con ella la santidad.

La paciencia de San José de Calasanz fue tan heroica que mereció ser llamado el Job de la Ley de gracia. Calumnias atroces, persecuciones injustas, oprobios sin número acumularán sobre este glorioso santo sus enemigos, inspirados por el infierno, que llegaron a creer eterno su triunfo. Pero él no se altera; firme en su confianza en Dios, levanta al cielo sus ojos exclamando con el santo Job: “Bendito sea, Señor, vuestro santo nombre”. Correspondió a la gracia y a la voluntad divina, y por eso triunfó de las pasiones.

Por querer seguir mi propia voluntad y mis apetitos, soy desgraciada víctima de ellos, olvidando que el mismo Jesucristo no vino hacer su voluntad, sino la de su Eterno Padre, y que mis pecados me hacen merecedor de penas infinitamente más grande que los sufrimientos que recibo por tan culpable impaciencia.

Era tal la vehemencia con que el amor purísimo a Dios abrazaba el pecho de este santo, que no pudiendo permanecer oculta esta interior hoguera, brotaba al exterior en prodigiosos resplandores con que apareció iluminado su rostro cuando salía de la oración o hablaba de las obras y misericordias del Omnipotente. De este ardiente amor nacía el celo infatigable con que emprendía todas las obras más difíciles que redundaban en la gloria del Señor, y la santa indignación que mostraba contra todo lo que fuera ofensa de la Soberana bondad. A su paciencia para sufrir y trabajar, igualó su celo por la gloria de Dios y su odio por el pecado, que se manifestó desde niño. No exhala una queja contra sus enemigos, no desfallece su actividad ante los sufrimientos que le proporcionan sus empresas, y su voz vibra indignada contra todo lo que es pecado, y el empeño especial de su vigilancia -que duró toda su vida- se dirigió a hacer todos los esfuerzos posibles para conservar la pureza en el corazón de los niños.

¿En qué se parece mi espíritu al que animaba a San José de Calasanz? Digo que amo a Dios y, no obstante, lo ofendo con demasiada frecuencia; repito que amo a Dios, y hasta en las pocas obras buenas que hago domina la tibieza; proclamo de nuevo mi amor a Dios y no reparo en escandalizar a mis próximos con mis culpas. ¡Singular amor el mío, que no se lastima con los pecados propios ni con las miserias ajenas! ¿No parece también un egoísmo refinado el amor que sólo tiende a favorecer a los prójimos que me inspiran simpatía, y rehúsa todo socorro y el menor sacrificio, a los que no me parecen amables?

Pacientísimo San José de Calasanz, alcanzadme que yo sufra con resignación, a ejemplo vuestro, las contrariedades de la vida. “El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó, sea bendito su santo Nombre” (Job. 1,21)

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año.

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