Sus alas eran el amor y el deseo de Dios


Agustín y su madre conversaban a solas, entretenidos en dulcísimos coloquios. Y fueron raptados a lo alto durante una altísima contemplación. ¿Y qué sucedió luego? Este mundo con sus delicias se volvía vil a sus ojos: he aquí que me marché con tristeza, porque el espíritu me elevó.

Advierte también cómo, después de haber consumido el Cuerpo de Cristo, ella fue elevada un codo sobre la tierra y comenzó a decir: “Volemos al cielo”. ¡Oh gran deseo que logró levantar la mole del cuerpo! Oh Mónica, ¿cómo podremos volar? No recuerdas que te envuelve un pesado cuerpo terrestre. Antes tienes que deshacerte de él. ¿Pero dónde están las alas? Eran ciertamente el amor y el deseo de Dios. Los animales que vio Ezequiel, tanto el león como el toro, eran pesados, pero tenían alas.

Es admirable encontrar un deseo tan ardiente en una mujer casada, porque, como dice el Apóstol, el amor en los casados está dividido entre el marido, los hijos y los bienes, y a Dios sólo se le reserva una pequeña porción. Sin embargo, esta mujer reservaba todo su deseo para Dios. ¡Oh mujer excepcional! Con un marido pagano y de genio áspero, y un hijo maniqueo, sola como una rosa entre espinas, sostenía la casa con prudencia y paciencia singulares. En la adversidad aguantaba al marido, que, si bien era de noble linaje y patricio según el siglo, era a la vez pagano y fiero como un león; luego lo hería con la espada de la benevolencia y de la doctrina, elevando su alma a Dios, y con palabras sabias y la ayuda del Espíritu Santo le hizo fiel cristiano y le transformó de feroz león en manso cordero. Mujeres, aprended de esta mujer ejemplar el respeto, la paciencia, la prudencia, la dulzura y el amor a vuestros maridos.

¿Por su hijo cuántas lágrimas no derramó? ¿A cuántos varones santos no importunó? “¿Señor, cómo iba yo a alumbrar a un perseguidor de la Iglesia? ¿Acaso di yo de mamar a un blasfemo que hace mofa de tu nombre? ¿Habría de pasar por madre de un hereje, de uno que se burla de Cristo? Señor, si quieres que mi gozo sea pleno, haz cristiano a mi hijo, al igual que me hiciste a mí”. Tú acogiste su deseo. Un ángel se le apareció en lo alto: “Mujer, ¿por qué lloras? Tus plegarias han sido oídas, el Señor ha acogido tus deseos. Mira dónde estás tú y dónde está tu hijo; los dos estáis sobre una misma regla”. Cuando ella refirió lo acaecido a su hijo, nota cómo éste intentó tergiversar su significado, y cómo la madre supo responder a sus cavilaciones, haciendo callar a un hijo tan erudito y tan sabio que infundía miedo a toda la Iglesia.

El Señor escuchó su deseo, porque era un deseo santo. Madres, aprended qué habéis de desear para los hijos; esposas, aprended qué habéis de desear para vuestros esposos; señoras, aprended qué habéis de desear para vuestra familia. No pide para el hijo riquezas, ni honores ni dignidades; pide religión, santidad, y lo hace no con tibieza sino con tal ardor que llega a abandonar su casa y como una leona sigue a su hijo a Italia con intención de no cesar de rugir hasta resucitar a su cachorro. Y Dios se lo concedió. Oíd cómo: “Hijo, al verte siervo de Dios y desasido de toda aspiración terrena, ninguna cosa me deleita ya en este mundo”.

Mónica, mira cómo tienes mucho más de lo que habías deseado. Habías deseado un creyente, y tienes un religioso; habías deseado un cristiano, y tienes un doctor eximio de Cristo y de la fe. Pero esto no ha sido obra tuya, sino de Él, porque las palabras sólo penetran en el corazón cuando reciben la fuerza de lo alto. Nuestro deseo de Dios es vacilante y nuestros deseos del cielo están adormecidos, mortecinos y casi sin vida. Al Espíritu Santo toca vivificar los deseos extinguidos e inflamar los tibios.

Fuente: Santo Tomás de Villanueva, Sermón de la fiesta de Santa Mónica

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