San Agustín, ilustre penitente


Adoremos a Nuestro Señor Jesucristo que da a la Iglesia, en la persona de San Agustín, un penitente tan ilustre, un santo tan eminente y un doctor admirable, que llega a ser el oráculo de los concilios, la luz de la Iglesia, el Padre de los Padres y el Doctor de los Doctores. Glorifiquemos a Dios por el poder de su gracia, que obró tan gran prodigio, y felicitemos a San Agustín, que no sólo ha podido decir: “por la gracia de Dios soy lo que soy”, sino que ha podido agregar: “su gracia no ha sido estéril en mí” (I Cor. 15,10).

Jamás se ha visto un penitente más enternecido, más humilde ni más lleno de gratitud. Más enternecido: sus lágrimas empezaron a correr en el principio de su conversión. “Se levantó en mí -dice- una tempestad que fue seguida de una lluvia de lágrimas”; y resolvió sepultarse vivo en una soledad para llorar sus faltas hasta su último suspiro. Si los designios de la Providencia se opusieron a este deseo, San Agustín supo unir a los trabajos del episcopado, la penitencia de los más austeros anacoretas. Su vida entera fue una serie no interrumpida de vigilias, ayunos y cruces; y, encontrando estas expiaciones insuficientes para la magnitud de número de sus faltas, cuando ya estaba para morir hizo escribir en las paredes de su habitación los salmos penitenciales, que rezó con gran abundancia de lágrimas, hasta que exhaló el último suspiro.

Fue el penitente más humilde: en el libro de sus Confesiones hace saber a toda la tierra sus más vergonzosos pecados y quiere soportar su vergüenza ante todos los hombres y todos los siglos. Siempre se sabrá que San Agustín fue un tiempo impúdico y libertino; y esta confesión pública y permanente la hizo cuando aún vivía en el mundo, cuando ocupaba uno de los tronos de la Iglesia, rodeado de herejes y de envidiosos, cuyo desprecio aceptaba como cosa muy merecida.

Jamás hubo penitente más lleno de gratitud: sus escritos sólo respiran amor a las misericordias que el Señor usó con él; y para contarlas ni su lengua ni su pluma satisficieron las ansias de su corazón: son la expansión del entusiasmo de su admiración; son vivas acciones de gracias y efusiones de amor. “¡Oh belleza siempre antigua y siempre nueva! -exclama- ¡qué tarde te conocí! ¡Oh días desgraciados en los cuales no te amé! ¡Oh fuego que siempre ardéis sin consumiros jamás! ¡Oh amor siempre ferviente que no conocéis interrupción! Abrazadme, hacedme arder para amaros con todas mis fuerzas y que no haya nada en mí que no sea amor. Me parece que os amo ¡oh mi Dios! pero quiero amaros siempre más y más”. ¡Qué hoguera de amor! ¡Oh gran santo! ¡Caigan en mi pobre corazón algunas centellas del fuego que os devora!

San Agustín poseía en el más alto grado el celo para evangelizar a los pueblos, y la caridad para socorrer a los desgraciados. Ardiendo en deseos de hacer conocer y amar a Jesucristo, no solamente en toda la tierra sino durante todos los siglos, se aplicó con ardor al estudio de las Santas Escrituras; llegó a ser un abismo de ciencia divina y luego, derramando en los pueblos tal plenitud, los alimentó abundantemente con el pan de la Palabra. A sus predicaciones tan elocuentes, añadió doctos escritos que fueron a buscar a los paganos y a los filósofos, a los arrianos y a los maniqueos, a los donatistas, y pelagianos para conducirlos a la verdad. Ningún error escapó a su celo. Reveló al mundo los más escondidos misterios de la gracia en obras inmortales, que serán siempre un foco de luz para la Iglesia universal.

Su caridad para aliviar a los desgraciados le hizo olvidarse de sí mismo; dio todo lo que tenía y al morir no pudo hacer testamento, porque -como dice su historiador- todo lo había dado a los pobres y no tenía qué legar.

¿Hay abnegación más bella que ésta? Confrontemos nuestra vida con la de este gran santo y juzguémonos.

Fuente: Cf. P. Andrés Hamón, Meditaciones para uso del clero y de los fieles, para todos los días del año

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