Vida de oración (I)


¡Señor, que te busque no sólo en algunas horas o momentos del día, sino en todos los instantes de mi vida!

El alma que anhela una vida de intimidad con Dios no se contenta limitando su trato con Él al tiempo de la oración, sino que procura prolongarlo durante la jornada. Es ése un deseo más que legítimo, porque quien ama aspira a contactos cada vez más estables y continuos con la persona amada. Eso mismo le pasa al alma que ama a Dios; lo cual es más comprensible por el hecho de que Él está siempre con nosotros, presente y operante en nuestras almas. Es verdad que esa presencia es espiritual, invisible pero real y no solamente moral y afectiva, como la del amado en el espíritu y corazón del amante.

Si Dios mora siempre nosotros, ¿por qué no hemos de perseverar en continuo contacto con Él? Esta comunicación se entabla con el pensamiento y el afecto, pero mucho más con éste que con aquél. De hecho no es posible pensar siempre en Dios, ya porque se cansa la mente, ya porque muchas ocupaciones requieren toda la intensidad de la inteligencia, la cual no puede atender simultáneamente a dos objetos diversos. Por el contrario, el corazón, aun cuando el entendimiento esté ocupado en otra cosa, puede siempre amar, sin cansarse de suspirar por el objeto de su amor. Como el amor sobrenatural no consiste en el sentimiento, sino en una íntima orientación de la voluntad hacia Dios, bien se comprende que esa orientación es posible aún mientras desempeñamos deberes que absorben toda la inteligencia. Y hasta la voluntad misma podrá acrecer este su caminar hacia Dios con el deseo de cumplir cada deber por su amor, por agradarle, para darle gloria. A este propósito enseña Santo Tomás que el corazón puede tender siempre hacia Dios con el “deseo de la caridad”, o sea, con el deseo de amarle, de servirle y de unirse a Él en cada obra. “La oración -dice San Agustín- no es más que un deseo del corazón; si vuestro deseo es continuo, vuestra oración es continua. ¿Queréis no cesar nunca de orar? No ceséis nunca de desear”.

“Haced, Señor, que mi vida sea una oración incesante, cual conviene a una criatura racional. Esa oración nace del amor, es fuego y deseo fundado en la caridad que impulsa al alma a hacer todo por tu amor. Infúndeme, Señor, la caridad para que siempre te desee, y deseándote siempre, ore continuamente. Que mi alma ore siempre ante Ti en todo lugar, en todo tiempo, en todo lo que hago, por el afecto la caridad” (Santa Catalina de Siena).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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