La Santa Misa (II)


El mejor modo de asistir a la santa Misa es aquel que nos hace participar en grado más elevado en la acción sublime que se realiza en el altar. Por eso es tan recomendable el método litúrgico que, haciendo recitar las mismas preces que dice el sacerdote, permite seguir más de cerca las varias partes del Santo Sacrificio. Pero, en vez de preocuparse de la integridad del rezo, que sólo obliga al sacerdote, es preferible que el alma capte el significado de las diversas oraciones, especialmente aquellas que acompañan los momentos principales de la santa Misa, como el Ofertorio, la Consagración, la Comunión. A pesar de ser optimo el método litúrgico, no es, sin embargo, el único. La Encíclica Mediator Dei advierte explícitamente que las necesidades y disposiciones de las almas “no son siempre iguales en todos ni siempre las mismas en cada individuo”. Por ejemplo, no es raro que, después de haber usado por largo tiempo y con mucho fruto el método litúrgico, algunas almas sientan necesidad de cerrar el misal para “gustar” más profundamente la sustancia de la Misa, para “penetrar” más adentro en ella. Evidentemente esto no es un retroceso, sino un adelanto. El alma siente necesidad, más que de atender distintamente a las diversas ceremonias y oraciones, “de ponerse en contacto íntimo con el Sumo Sacerdote” para asociarse internamente a su oferta, a su inmolación. En este caso el alma asiste a la santa Misa de modo más contemplativo que litúrgico, o sea con la que es la característica de la oración contemplativa. Sin necesidad de seguir el rito sagrado en cada una de sus partes, el alma fija la mente y el corazón con una mirada general que el amor hace penetrante, se adentra en una comprensión mayor del Santo Sacrificio, adquiere de él un “sentido” cada vez más profundo y se despierta en ella un deseo más eficaz de asociarse a él. Pero siempre será conveniente que de tanto en tanto vuelva a usar del misal, especialmente para seguir la liturgia de las fiestas y domingos, y en él descubrirá nuevas luces, nuevos sentimientos que le ayudarán a captar mejor la sustancia del Santo Sacrificio.

“¿Qué daré al Señor por todo el bien recibido de Él? Alzaré al cielo el cáliz de la salvación. Sí, ¡Dios mío!, tomaré este cáliz enrojecido con la sangre de mi Maestro, y en agradecimiento, mezclaré alegremente mi sangre con la de la Víctima santa. Así mi sacrificio será infinito y podrá darte, ¡oh Padre!, una alabanza grandiosa. Así mi sufrimiento se convertirá en un mensaje de tu gloria. Jesús, dígnate identificarme tan perfectamente contigo que pueda representarte continuamente ante los ojos del Padre. Cuando viniste al mundo dijiste: "Heme aquí, ¡oh Padre!, vengo a hacer tu voluntad". Haz que esta oración sea el latido de mi corazón. Tú que te diste por entero para cumplir la voluntad del Padre, haz que esa voluntad sea mi alimento y al mismo tiempo la espada que me inmole, y así, junto a Ti, Maestro adorado, saldré alegremente en busca de cualquier sacrificio, gozándome de haber sido reconocida por el Padre, pues Él me crucifica juntamente contigo” (Santa Isabel de la Trinidad).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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