La humildad de María (II)


Si te es imposible imitar el candor y la belleza de María -dice San Bernardo- imita al menos su humildad. Una virtud verdaderamente gloriosa es la virginidad, pero no es necesaria como la humildad; la primera nos fue propuesta bajo la forma de una invitación; la segunda nos fue impuesta como un precepto absoluto: “si no os hicieres como niños no entraréis en el reino de los cielos”; la virginidad será premiada, pero la humildad nos es exigida; sin la virginidad podemos salvarnos, pero sin la humildad es imposible la salvación. Sin la humildad, la misma virginidad de María habría desagradado a Dios. Agradó al Señor María por su virginidad; pero llegó a ser Madre por su humildad.

Las cualidades y las dotes más hermosas, hasta la penitencia, la pobreza, la virginidad, el apostolado, la misma vida consagrada a Dios, incluso el sacerdocio, son estériles e infecundas si no están acompañadas por una humildad sincera; más aún, sin la humildad pueden ser un peligro para el alma que las poseen. Lucifer era casto, pero no era humilde, y el orgullo fue su ruina. Cuanto más encumbrado es el puesto que ocupamos en la viña del Señor, cuanto más elevada es la vida de perfección que profesamos, cuanto más importante es la misión que Dios nos ha confiado, más necesidad tenemos de vivir fuertemente radicados en la humildad. Así como la maternidad de María fue el fruto de su humildad -humilitate concepit-, del mismo modo la fecundidad de nuestra vida interior, de nuestro apostolado, dependerá y estará en proporción con la humildad. Sólo Dios puede realizar en nosotros y por medio de nosotros obras maravillosas, pero no las hará si no nos ve sincera y profundamente humildes. Sólo la humildad es el terreno fértil y apto para que fructifiquen los dones del Señor; por otra parte, siempre será la humildad quien haga descender sobre nosotros la gracia y los favores de Dios. En el ajedrez, “la dama es la que más guerra le puede hacer [al Rey], y todas las otras piezas ayudan. No hay dama que así le haga rendir como la humildad; ésta le trajo del cielo en las entrañas de la Virgen, y con ella [humildad] le traeremos nosotras de un cabello a nuestras almas. Y creed que quien más [humildad] tuviere, más le tendrá [a Dios], y quien menos, menos. Porque no puedo yo entender cómo haya ni pueda haber humildad sin amor, ni amor sin humildad, ni es posible estar estas dos virtudes sin gran desasimiento de todo lo criado” (Santa Teresa).

¡Oh Madre humildísima! Hazme humilde, para que el Señor se complazca en fijar sus ojos en mí. Nada hay en mi alma que pueda fascinar la mirada de Dios: nada de sublime, nada digno de sus complacencias, nada verdaderamente bueno y virtuoso. Y si algo hubiese digno de Dios, está mezclado con tanta miseria, es tan débil y deficiente que no merece el nombre de virtud. Entonces, Señor, ¿qué es lo que podrá atraer tu gracia sobre mi pobre alma? ¿En quién se posan tus miradas, sino en los humildes y en los hombres de corazón contrito? (Is. 66, 2). ¡Oh Señor, que sea yo humilde! Hacedme humilde por los méritos de tu humildísima Madre.

“¡Oh María! Si Tú no hubieras sido tan humilde, no habría descendido sobre ti el Espíritu Santo y no habrías llegado a ser Madre...” (San Bernardo). Del mismo modo, si yo no soy humilde, el Señor no me dará la gracia, el Espíritu Santo no descenderá sobre mí, y mi vida será estéril e infecunda. Haz, ¡oh Virgen Santa!, que tu humildad, tan agradable a los ojos de Dios, me alcance el perdón de mi orgullo y me conceda un corazón verdaderamente humilde.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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