Obedecer a Dios antes que a los hombres


En nuestros días, la cuestión de la objeción de conciencia se plantea especialmente a las personas que se ven en la disyuntiva de aplicar leyes homicidas que autorizan el aborto o la eutanasia. En su Encíclica Evangelium vitae del 25 de marzo de 1995, el Papa Juan Pablo II enseñaba al respecto: “Así pues, el aborto y la eutanasia son crímenes que ninguna ley humana puede pretender legitimar. Leyes de este tipo no sólo no crean ninguna obligación de conciencia, sino que, por el contrario, establecen una grave y precisa obligación de oponerse a ellas mediante la objeción de conciencia. Desde los orígenes de la Iglesia, la predicación apostólica inculcó a los cristianos el deber de obedecer a las autoridades públicas legítimamente constituidas (Rm 13, 1-7), pero al mismo tiempo enseñó firmemente que hay que obedecer a Dios antes que a los hombres (Hch 5, 29)”

Jägerstätter sigue el dictado de su conciencia para obedecer a Dios y salvar su alma. “La conciencia -escribe san Buenaventura- es como un heraldo de Dios y su mensajero, y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar”.

Antes del juicio, el abogado de Franz, Feldmann, que quiere salvar a toda costa la vida de su cliente, consigue que el reo pueda reunirse cara a cara con sus jueces. Estos le exhortan a “no obligarles a condenarlo a muerte”, aceptando servir en una unidad sanitaria. Pero Franz declina el ofrecimiento, pues tendría que prestar el juramento de obediencia incondicional, lo que no quiere hacer a ningún precio. El fallo del tribunal militar de Berlín, fechado el 6 de julio de 1943, constata que ese rechazo del servicio de las armas es un crimen punible según la ley del Reich, y que los motivos de conciencia alegados no son admisibles y que no se considera al acusado enfermo mental. Franz es condenado a muerte.

El 8 de agosto de 1943, Franz es trasladado a la prisión de Brandeburgo. Ese mismo día, Franz escribe a los suyos: “¡Me habría gustado tanto ahorraros todo este sufrimiento que debéis soportar por mi causa! Pero ya sabéis lo que dijo Cristo: El que quiere a su padre, a su madre, a su esposa o a sus hijos más que a mí, no es digno de mí (cf. Mt 10, 37)”. En su carta de despedida, escrita pocas horas antes de la ejecución, añade: “Doy gracias a nuestro Salvador por el hecho de poder sufrir e incluso morir por Él. Espero que Dios se digne aceptar la ofrenda de mi vida en sacrificio de expiación no solamente por mis pecados, sino también por los de los demás”. Luego, recomienda que no se alimenten pensamientos de ira ni de venganza contra nadie: “Durante todo el tiempo que un hombre esté vivo, es nuestro deber ayudarle con nuestro amor para que camine por el camino del Cielo”.

A las 16 horas del 9 de agosto, Franz Jägerstätter es decapitado. La noche del mismo día, el padre Jochmann, capellán de la prisión, declara a las religiosas austríacas que rigen una clínica en Brandeburgo: “No puedo más que felicitarles por tener semejante compatriota, que ha vivido como un santo y ha muerto como un héroe. Tengo la certeza de que ese hombre sencillo es el único santo que he tenido la oportunidad de encontrar en la vida”.

El padre Kreuzberg, que ha conocido a Franz durante sus últimos días, se preguntará más tarde: “¿De dónde procede la determinación de ese hombre sencillo? Sus cartas nos enseñan hasta qué punto vivía de las grandes verdades de la fe católica: Dios, el pecado, la muerte, el juicio final, la eternidad, el Cielo y el infierno; había recibido esas verdades en el transcurso de las homilías parroquiales del domingo. De manera especial, la idea de la eternidad y de los gozos del Cielo fue para él una gran ayuda y un precioso consuelo en sus sufrimientos y en la dolorosa despedida a su familia”.

Beato Franz Jägerstätter, concédenos poder seguir la voz de nuestra conciencia, guiados por nuestra Madre la Santa Iglesia, sin permitir que nos detenga ninguna consideración humana.

Fuente: Dom Antoine Marie, Cartas Espirituales, Abadía San José de Clairval

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