Participar en la Santa Misa (I)


¡Oh Jesús, que cada día y en cada hora te inmolas sobre los altares! Dígnate asociarme a tu sacrificio.

La Encíclica Mediator Dei exhorta a todos los fieles a “participar en el sacrificio eucarístico más que con asistencia pasiva, negligente, distraída, con empeño y fervor capaces de ponerles en íntimo contacto con el Sumo Sacerdote”. No es suficiente asistir a la Misa; hay que tomar parte en ella, “participar” de ella. En la santa Misa Jesús continúa inmolándose, ofreciéndose por nosotros al Padre para obtenernos las bendiciones del cielo. Es cierto que Jesús se ofrece mediante el ministerio del sacerdote, pero éste presenta la ofrenda en nombre de todos los fieles, en compañía de ellos, como indican las palabras del Canon: “por quienes te ofrecemos y ellos te ofrecen este sacrificio de alabanza...”. Esto quiere decir que los fieles están invitados a presentar en unión con el sacerdote la Víctima divina, o como enseña la misma encíclica, “a unir sus intenciones de alabanzas, de impetración, de expiación, de agradecimiento a las del sacerdote y a las del mismo Sumo Sacerdote”. Como María Santísima no asistió en el Calvario pasivamente a la Pasión de su Hijo, sino que, uniéndose a sus intenciones, lo ofreció ella misma al Padre, así también nosotros, cuando asistimos al sacrificio de la santa Misa, debemos, presentar al Padre la Víctima divina, que es nuestra, porque se ofreció e inmoló por nosotros. Nuestras alabanzas, nuestras expiaciones, nuestras súplicas, son despreciables y de ningún valor, pero presentadas a Dios en unión con las de Jesús y avaladas por su Sacrificio, de seguro que le agradarán y serán escuchadas en atención a la dignidad infinita de la Víctima divina. Jesús, Cabeza del Cuerpo Místico se inmoló por nosotros, sus miembros, y nos pertenece por ser nuestra Cabeza; es nuestro, es la Víctima que, sacrificada totalmente en el Calvario por nuestra salvación, quiere perpetuar su holocausto en los altares de modo que cada día, cada hora, podamos tenerla a nuestra disposición y ofrecerla al Padre según nuestras intenciones.

“¡Oh Jesús! Haz que tu Sacrificio, el santo Sacrificio del altar, sea fuente y modelo de mi sacrificio, pues también mi vida debe ser un santo holocausto. Que sea sacrificio es cierto, porque la vida está toda entretejida de mortificaciones, desgarraduras, dolores... Pero para que mi sacrificio sea santo como el tuyo del Calvario y de la santa Misa, necesita ser vivificado, consumado en el amor. Jesús, concédeme un ardiente amor que avalore mi sacrificio, que lo haga fecundo para gloria del Padre, para triunfo de la Iglesia, para bien de las almas.

¡Oh Jesús, divino Sacerdote! ¿Qué te ofreceré como materia de sacrificio, como víctima de amor, para participar en tu sacrificio? Te ofreceré mi corazón, mi voluntad, mi mismo amor para que sea trasformado en el tuyo. Tú me das ejemplo en tu santo Sacrificio precisamente de esa perfecta docilidad, igualdad de ánimo, abandono. He aquí la oferta que te hago: abandono general y total a cada disposición de la divina Providencia, a todo lo que Dios quiera” (Hermana Carmela del Espíritu Santo CD.).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

close
¿Olvidó su contraseña?
close
 ......

Suscríbase al Blog de ARCADEI

 ......
Stacks Image 25