Participar en la Santa Misa (II)


“Para que la oblación con que los fieles ofrecen al Padre la Víctima divina tenga efecto cumplido se requiere todavía una cosa: es necesario que ellos se inmolen como víctimas” (Mediator Dei). Esta autorizada enseñanza de la Iglesia nos invita a tomar parte en la Misa, siendo “junto con la Hostia Inmaculada, una víctima agradable a Dios Padre”. Jesús fue la Víctima grata al Padre al abrazarse en todo con su voluntad, hasta morir en cruz por su gloria. Nosotros seremos víctimas ante Dios cuando renunciando a todo querer contrario al suyo, tratemos de conformamos en todo a su querer divino, ya por el cumplimiento exacto de nuestros deberes, ya por la aceptación generosa de todo lo que Dios permite en nosotros. Y si el deber requiere sacrificio, si la vida comporta sufrimientos, todas las mañanas tendremos la oportunidad en la santa Misa de dar el máximo valor a nuestros sacrificios, ofreciendo en ella “junto con el divino Crucificado, todo nuestro ser, nuestras preocupaciones, dolores, angustias y miserias”.

Jesús en el Calvario se inmoló Él solo por nuestra salvación, pero en el Altar quiere asociarnos a su sacrificio, pues, si la cabeza es inmolada, inmolados deben ser también los miembros. ¿Qué valor pueden tener los sacrificios y la misma vida de una criatura aislada, ofrecidos en expiación a Dios? Ninguno, porque nosotros no somos nada. Pero si esa oblación va acompañada por la de Jesús, con Él, en Él, se hace entonces hostia agradable a Dios Padre. Retornando después a nuestras ocupaciones, el recuerdo de la entrega hecha por la mañana nos ayudará a ser generosos en la aceptación de las grandes o pequeñas penas cotidianas, y el pensamiento de que Jesús se inmola en nuestros altares en todos los instantes del día y de la noche, nos permitirá unirnos y vivir realmente como víctimas asociadas a la Víctima divina. ¡Cuánto valor y arranque de generosidad deriva al alma de esta vida, y de la continua participación en la santa Misa!

“¡Oh Salvador mío! En honor de la oblación y unido al sacrificio que de Ti haces al Padre, me ofrezco para ser una hostia sangrienta de tu voluntad, una víctima inmolada a gloria tuya y a gloria del Padre. Úneme a Ti, ¡oh Jesús!, de esa manera: atráeme a tu sacrificio para que sea inmolado contigo y por Ti. Y pues se requiere que la hostia sea sacrificada, degollada, y consumida por el fuego, hazme morir a mí mismo, a mis vicios, a mis pasiones, a todo lo que te disgusta; consúmeme totalmente en el fuego sagrado de tu divino amor y haz que desde ahora toda mi vida sea un continuo sacrificio de alabanza, de gloria y amor al Padre y a Ti” (San Juan Eudes).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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