Un padre y una madre dignos del cielo (I)


Luis y de Celia Martin, padres de santa Teresa del Niño Jesús, patrona de las misiones. Con su vida de matrimonio ejemplar anunciaron el Evangelio de Cristo. Vivieron ardientemente su fe y la transmitieron en su familia y en su entorno. Que su oración común sea fuente de alegría y de esperanza para todos los padres y todas las familias. (S.S. Benedicto XVI, Ángelus del 19 de octubre de 2008)

Santa Teresa del Niño Jesús escribió en la Historia de un alma: “Perdóname, Jesús, si desvarío queriendo decirte mis deseos, mis esperanzas, que tocan el infinito. Perdóname y sana mi alma dándole lo que espera...”. Jesús realizó siempre los deseos de Teresa. Incluso se mostró generoso ya antes de su nacimiento, puesto que, como ella misma escribió al abad Bellière -muchos lo saben ya de memoria-, “el buen Dios me dio un padre y una madre más dignos del cielo que de la tierra”.

Mi corazón da gracias a Dios por este testimonio ejemplar de amor conyugal, que puede estimular a los hogares cristianos a la práctica integral de las virtudes cristianas como suscitó el deseo de santidad en Teresa.

Pensaba en mi padre y en mi madre; y en este momento quisiera que también vosotros pensarais en vuestro padre y en vuestra madre, y que juntos diéramos gracias a Dios porque nos ha creado y nos ha hecho cristianos a través del amor conyugal de nuestros padres. Recibir la vida es algo maravilloso, pero, para nosotros, es más admirable aún que nuestros padres nos hayan conducido a la Iglesia, la única capaz de hacer cristianos. Nadie puede hacerse cristiano por sí mismo.

El matrimonio es una de las vocaciones más nobles y más elevadas a las que los hombres están llamados por la Providencia. Luis y Celia comprendieron que podían santificarse no a pesar del matrimonio, sino a través, en y por el matrimonio, y que su unión debía ser considerada como el punto de partida de una ascensión de dos personas. Hoy la Iglesia no solamente admira la santidad de estos hijos de la tierra de Normandía, un don para todos, sino que se mira en esta pareja de beatos que contribuye a hacer más hermoso y espléndido el vestido de novia de la Iglesia. No sólo admira la santidad de su vida; reconoce en este matrimonio la santidad eminente de la institución del amor conyugal, tal como la ha concebido el Creador mismo.

El amor conyugal de Luis y Celia es reflejo puro del amor de Cristo a su Iglesia; también es reflejo puro del amor con el que la Iglesia ama a su Esposo, Cristo. El Padre “nos eligió en él antes de la creación del mundo, para que fuésemos santos e inmaculados en su presencia, en el amor” (Ef 1, 4).

Luis y Celia testimoniaron el radicalismo del compromiso evangélico de la vocación al matrimonio hasta el heroísmo. No temieron hacerse violencia a sí mismos para arrebatar el reino de los cielos, y así se convirtieron en luz del mundo, que hoy la Iglesia pone en el candelero a fin de que brillen para todos los que están en la casa (la Iglesia). Brillan ante los hombres, para que estos vean sus buenas obras y glorifiquen a nuestro Padre que está en los cielos. Su ejemplo de vida cristiana es como una ciudad situada en la cima de un monte, que no puede ocultarse (cf.Mt 5,13-16).

¿Cuál es el secreto del éxito de su vida cristiana? “Se te ha declarado, hombre, lo que es bueno, lo que Dios de ti reclama: tan sólo practicar la equidad, amar la piedad y caminar humildemente con tu Dios” (Mi 6, 8). Luis y Celia caminaron humildemente con Dios en busca del consejo del Señor. Señor, danos tu consejo. Buscaban el consejo del Señor. Tenían sed del consejo del Señor. Amaban el consejo del Señor. Se conformaron al consejo del Señor sin quejarse. Para estar seguros de caminar en el verdadero consejo del Señor, se dirigieron a la Iglesia, experta en humanidad, poniendo todos los aspectos de su vida en armonía con las enseñanzas de la Iglesia.

Fuente: Card. José Saraiva Martins, Homilía del 19 de octubre de 2008 en la ceremonia de Beatificación

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