El Oficio Divino (I)


Dígnate, ¡oh Jesús!, asociar mi oración a la oración de tu Iglesia.

La liturgia circunda la santa Misa con la recitación del Oficio divino, que -como enseña la Mediator Dei- “es la oración del Cuerpo Místico de Cristo elevada a Dios en nombre y a beneficio de todos los cristianos, presentada por los sacerdotes y demás ministros de la Iglesia y por los religiosos delegados por ella para este misterio”. La gran dignidad del Oficio divino estriba precisamente en eso: en ser más que una oración privada, la oración pública, oficial del Cuerpo Místico de Cristo, cuyos miembros no oran aislados, sino en compañía de su Cabeza. “El Verbo, asumiendo la naturaleza humana, trajo al destierro el himno que se canta en el cielo desde toda la eternidad. Él junta consigo a toda la comunidad humana y la asocia al canto de este himno de alabanza. Jesús ora con nosotros, como Sacerdote nuestro; ora en nosotros, como nuestra Cabeza... Reconozcamos por lo tanto -dice San Agustín- nuestras voces en Él y su voz en nosotros”. ¡Qué grande gracia! Jesús, el Hijo de Dios, asocia nuestras pobres y miserables oraciones a su valiosa y excelsa oración.

Aunque el Oficio divino es obligatorio sólo a los sacerdotes y religiosos encargados por la Iglesia, se puede afirmar que es la oración de todo el pueblo cristiano, porque es elevada a Dios “en su nombre y en beneficio suyo”. Por eso es tan loable que todos los fieles procuren asociarse también a él de algún modo, rezando, por ejemplo, las Vísperas en los días festivos o Completas. Además, en cualquier hora del día y de la noche pueden ofrecer a Dios esta gran oración de la Iglesia por las propias intenciones y necesidades, supliendo así a las deficiencias y a la brevedad de los rezos personales. También en medio de las cotidianas ocupaciones pueden unirse de cuando en cuando con piadosos pensamientos y aspiraciones a la “perenne alabanza” que la Iglesia eleva a Dios en nombre de toda la cristiandad.

“Señor, tus oídos no atienden a la boca sino al corazón; no están abiertos a la lengua, sino a la vida de quien te alaba. Yo canto con la voz para despertar en mí la piedad; canto con el corazón para agradarte... Que no te alabe sólo mi voz, sino también mis obras. Haz que nunca cese de vivir bien para alabarte sin interrupción. Si alguna vez mi lengua calla, grite mi vida; tus oídos no escucharán mi voz, pero oirán a mi corazón... No quiero contentarme con sólo la voz; cuando te alabo, quiero hacerlo con todo mi ser; cante la voz, cante la vida, canten las acciones. Y, si aquí abajo debo gemir, sufrir, ser tentado, espero que pasará todo y llegará el día en que mi alabanza no cesará. Disminuya la voz, pero nunca el afecto” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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