El Oficio Divino (II)


El Oficio divino se compone en máxima parte de textos sacados de la Sagrada Escritura e inspirados por el Espíritu Santo. No encontraremos, por lo tanto, oraciones vocales más bellas y aptas para alabar a la Majestad divina. Por ellas, el Espíritu Santo intercede “a favor nuestro con gemidos inenarrables” (Rom. 8, 26). Y siendo tan rica en doctrina y en unción, proporcionan sólido alimento a la oración personal. Todas estas razones nos hacen comprender que “a la dignidad excelsa de esta oración debe corresponder la devoción interna de nuestra alma” (Mediator Dei), de modo que “nuestra mente esté acorde con nuestra voz”, como dice San Agustín. Por ser el Oficio divino la oración que la Iglesia eleva a Dios en compañía de Jesús, su Cabeza, y por estar inspirada por el Espíritu Santo, tiene ya un grandísimo valor intrínseco; pero esa riqueza no tendrá valor para nosotros -para fomentar nuestra unión con Dios y atraernos las bendiciones divinas-, no será oración nuestra, si no la secundamos con nuestra devoción personal. La Iglesia, en cuanto sociedad de los fieles, ora con el corazón de sus hijos, ora con nuestro corazón, y cuanto más fervoroso y lleno de amor se halle éste, tanto más agradable será a Dios nuestra oración, oración de la Iglesia.

Aunque no tenga obligación de rezar el Oficio divino y se limite a algunas pocas oraciones escogidas del Breviario, es bueno que toda alma de vida interior procure apropiarse el espíritu de la oración litúrgica y hacerla suyo, espíritu de alabanza y adoración que quiere prestar a Dios culto perenne junto con Cristo y en nombre de toda la Iglesia; espíritu de solidaridad con Jesús nuestra Cabeza y con todos nuestros hermanos creyentes; espíritu universal que abarca las necesidades de todo el mundo, que ora en nombre de toda la cristiandad. ¡Cómo se amplían así los horizontes y las intenciones de nuestra oración! Orando no nos sentiremos ya solos, sino pequeños orantes al lado de Jesús, el gran Orante.

“Prefiero, ¡oh Señor!, consumir mis fuerzas alabándote. Pero no es posible desfallecer alabándote a Ti. Alabarte es como tomar alimento; cuanto más te alabo, más fuerte me siento, porque tanta mayor dulzura me infundes Tú, que eres el objeto de mis alabanzas. Ayúdame a ensalzarte con la voz y la mente y las buenas obras, de modo que pueda cantarte el cántico nuevo al que me exhortas en la Sagrada Escritura. Para el hombre viejo el cantar viejo; para el hombre nuevo el canto nuevo. Si amo las cosas terrenas, mi canto es viejo; para cantar el cántico nuevo debo amar las cosas eternas. Tu amor es de suyo nuevo y eterno; es siempre nuevo, precisamente porque nunca envejece. El pecado es lo que me envejeció. Renuévame Tú con tu gracia” (San Agustín).

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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