El Señor viene de lejos


El Adviento (del latín ADVÉNTUS, “advenimiento”) es un tiempo de preparación para el Nacimiento de Jesucristo, en Belén, y representa los cuatro mil y más años que estuvieron los del Antiguo Testamento aguardando la venida del Mesías. Por eso es un tiempo de ansiedad y de santa impaciencia. Hoy comienza el Adviento, el domingo más cercano a la fiesta de S. Andrés (30 de noviembre), y abarca tres semanas completas y parte de la cuarta. Por asociación de ideas la Iglesia; une a la PRIMERA venida de Jesucristo a la tierra el pensamiento de la SEGUNDA, al fin del mundo, y, en consecuencia, el Adviento viene a resultar una preparación para ese doble advenimiento del Salvador: el del Nacimiento y el del Juicio final. ¡Cosa extraña! En este primer día y domingo del Año eclesiástico, la Iglesia nos pone en contacto con el último día del mundo y de las cosas. Antes de llevarnos al pesebre de Belén, nos lleva al tribunal del Juicio final, como para encarecernos de antemano, con el pensamiento de la cuenta, la correspondencia a la gracia soberana de la Redención, que el Niño Divino, cuya silueta se dibuja ya en lontananza, viene a realizar. Es como una fuerte sacudida que la Iglesia da a nuestra conciencia de cristianos, para despertarnos, del letargo del pecado, si desgraciadamente estuviésemos sumidos en él, o de la modorra de la indiferencia y de la tibieza espiritual. Es como decirnos: Si no estás limpio para presentarte ante el Divino Juez, tampoco lo estás para salir al encuentro de tu Salvador, que es tu mismo y único Dios y Señor; “despójate, por tanto, de las obras de las tinieblas revístete de las armas de la luz”. (Don Andrés Azcárate, Misal diario)

El Señor está para venir... Me pongo en su presencia, para salir a su encuentro con todo el ardor de mi voluntad. “He aquí el nombre del Señor que viene de lejos... Mirando en lontananza, veo la potencia de Dios que viene... Salidle al encuentro y decidle: Dinos si tú eres el que ha de reinar...” Así reza la liturgia de este día y, como respondiéndonos ella misma, nos invita a exclamar: “Venid, adoremos al Rey, al Señor, que está para venir...” (Breviario Romano).

Los siglos estuvieron esperando esta venida, anunciada por los profetas y suspirada por los justos, que, sin embargo, no pudieron contemplar su aurora. A cada vuelta del Adviento, la Iglesia conmemora y renueva esta espera, manifestando sus ansias por el Salvador que ha de venir. Pero el antiguo anhelo, que únicamente se fundaba en la esperanza, es para nosotros un suspiro tranquilo y confiado, que descansa en la consoladora realidad de la redención ya efectuada. Cumplida ésta históricamente hace veinte siglos, debe, no obstante, actuarse y renovarse día tras día en el alma cristiana con una realidad cada vez más profunda y completa. El espíritu litúrgico del Adviento, que conmemora la grande expectación de los siglos que invocaban al Redentor, quiere preparamos a la celebración del Misterio del Verbo hecho carne mediante la espera íntima y personal de una nueva venida de Cristo a nuestras almas; venida que se realiza por medio de la gracia, y que, a medida que ésta se desarrolla y va llegando a sazón, se hace más abundante y arrolladora, hasta el punto de transformar al alma en un “alter Chrístus”, otro Cristo. El Adviento es tiempo de espera, tiempo de anhelante aspiración por el Redentor: “¡Enviad, oh cielos, desde lo alto vuestro rocío y que las nubes lluevan al justo!”.

¡Oh dulcísimo Salvador mío! Tú vienes hacia mí con tu amor infinito y con la abundancia de tu gracia: torrentes de misericordia y de caridad con que quieres invadir mi alma para atraerla a Ti. ¡Ven, Señor, ven! También yo quiero correr a tu encuentro por medio del amor; mas, desgraciadamente, mi amor es tan limitado, tan débil e imperfecto... Hazlo Tú fuerte y generoso, para que sea capaz de vencerme a mí mismo y entregarme por completo a Ti. Sí, ciertamente mi amor se fortalecerá si está “fundado sobre tal cimiento como es ser pagado con el amor de un Dios, que ya no puedo dudar de él por estar mostrado tan al descubierto, con tan grandes dolores y trabajos y derramamiento de sangre, hasta perder la vida, porque no nos quedase ninguna duda de este amor”... Dame, Señor, tu amor antes que me saques de esta vida, “porque será gran cosa a la hora de la muerte ver que vamos a ser juzgadas de quien habemos amado sobre todas las cosas. Seguras podremos ir con el pleito de nuestras deudas; no será ir a tierra extraña, sino propia, pues es a la de quien tanto amamos y nos ama” (S. Teresa de Jesús).

Concédeme, Señor, un amor semejante: lo deseo ardientemente, no sólo para escapar un día a tu severa mirada de juez, sino también y sobre todo para corresponder de algún modo a tu infinita caridad.

Fuente: Cf. P. Gabriel de Santa María Magdalena o.c.d., Intimidad Divina

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