Nuestra Señora del Rosario I
Posted by: Laudem Gloriae

¡Tu bendito Rosario, oh Virgen Santa, sea para mí arma defensiva y escuela de virtud!
La fiesta de ayer, 7 de Octubre, es una manifestación de reconocimiento por las grandes victorias alcanzadas por el pueblo cristiano en virtud del Rosario de María; y, al propio tiempo, es el testimonio más hermoso y autorizado del valor de esta plegaria. La liturgia del día es un comentario y una amplificación del Rosario; recorre sus diversos misterios, canta sus glorias, y las continuas referencias a la Virgen que “brota entre flores, que está rodeada de rosas y lirios de los valles”, son una alusión clara a las místicas coronas de rosas que los devotos de María tejen a sus pies con la recitación del Rosario.
Esta fiesta nos dice que honrar el Rosario es honrar a María, porque aquél no es más que la meditación de la vida de la Virgen, acompañada de la devota repetición del Ave María. Precisamente mediante este aspecto alaba la Iglesia esta práctica y la recomienda con tanta insistencia a los fieles: “¡Oh Dios! –invoca en el Oremus del día-, concédenos que, meditando estos misterios en el santísimo Rosario de la Bienaventurada Virgen María, imitemos los ejemplos que contienen y consigamos los premios que prometen”.
El Rosario bien rezado es oración y enseñanza a la vez; sus misterios nos dicen que en la vida de la Virgen todo es juzgado en relación con Dios: sus alegrías y sus contentos proceden de lo que contenta a Dios, mientras que sus dolores coinciden, por decirlo así, con los dolores mismos de Dios, el cual, haciéndose hombre, ha querido sufrir por los pecados de la humanidad. El gozo único de María es Jesús: ser su Madre, estrecharlo entre los brazos, presentarlo a la adoración del mundo, contemplarlo en la gloria de la Resurrección, unirse a Él en el cielo. El dolor único de María es la Pasión de Jesús: verlo traicionado, azotado, coronado de espinas, crucificado por nuestros pecados. Este es el primer fruto que deberíamos sacar del rezo del Rosario: juzgar los sucesos de la vida en relación a Dios; gozarnos de lo que a Él le agrada y de lo que nos une a Él, sufrir por el pecado, que nos aleja de Él y es causa de la Pasión y muerte de Jesús.
“¡Oh María! Así como entre los espíritus bienaventurados no hay ninguno que ame a Dios más que Tú, así tampoco tenemos nosotros, ni podemos tener, después de Dios, quien nos ame más que Tú, Madre nuestra amantísima. Y si se pudiera reunir el amor de todas las madres a sus hijos, de todas las esposas a sus esposos, de todos los santos y de todos los ángeles a sus devotos, no llegarían al amor que Tú tienes a un alma sola, y por lo tanto, a mi alma.
¡Oh María! Pues que me amas, hazme semejante a ti. Tú tienes el poder de cambiar los corazones; toma, pues, mi corazón, y cámbialo. Hazme santo, hazme digno hijo tuyo.” San Alfonso.
Fuente: Cfr. P. Gabriel de Santa María Magdalena O.C.D., Intimidad Divina

