San Agustín, la Omnipotencia de la gracia
Posted by: Juan Sobiesky

El Triunfo de San Agustín
Porque es sobrenatural, porque Dios -dueño soberano de sus designios y de sus dones- la ha colocado muy por encima de las exigencias y de los derechos de toda naturaleza creada, la santidad a la que somos llamados es inaccesible sin la ayuda de la gracia divina. Harto claramente nos lo ha dicho nuestro Señor: «Sin mí nada podéis hacer». Y observa San Agustín que no ha dicho Jesús: «Sin mí no podéis hacer grandes cosas», sino: «Sin mí nada de cuanto os conduzca a la vida eterna podéis hacer.»
...¿Será pues preciso que nos dejemos abatir? ¡Todo lo contrario! La convicción íntima de esta impotencia no debe movernos al abatimiento, ni puede servir de excusa a nuestra pereza. Si es verdad que nada podemos sin Cristo, «con Él todo lo podemos». «Todo lo puedo, es una vez más San Pablo quien nos lo dice, no por mis fuerzas, sino en Aquel que me da su fuerza». Sean cuales fueren nuestras pruebas, nuestras dificultades, nuestras flaquezas, por medio de Cristo podemos llegar a la más encumbrada santidad.
¿Por qué eso? Porque en Cristo se hallan «como amontonados todos los tesoros de ciencia y sabiduría», porque en «Él mora la plenitud de la divinidad», y porque siendo nuestra Cabeza, tiene poder para hacernos partícipes de todos esos dones. «De esta plenitud de vida y de santidad bebemos» de manera que, «por lo que a las gracias se refiere nada nos falta».
¡Cuánta verdad en todo esto! Un gran genio, el mayor acaso que haya conocido el mundo, un hombre que ha pasado su juventud en el desorden, que ha bebido hasta las heces la copa de los placeres, cuyo espíritu ha quedado obcecado por todos los errores de su tiempo, Agustín, vencido por la gracia, se ha convertido y ha llegado a la más sublime santidad... Y a pesar del ardor que bullía en sus venas... a pesar del vicio que tan largo tiempo lo había atenazado, Agustín se ha entregado a la gracia, y la gracia ha hecho de él, para toda la eternidad uno de sus más maravillosos trofeos.
Fuente: Dom Columba Marmion, Palabras de Vida. Inspiradas en el Misal, Desclée de Brouwer, 1956

